El aprendizaje de la libertad

del Estado. Los pleitos entre familias, la necesidad de hacer llegar una carta, la educación de los hijos o la salud de las personas debían resolverse localmente o no tenían solución. En las villas y pueblos más grandes el orden social se jerarquizaba y en la cúspide se tenía a las autoridades locales, los terratenientes o las personas ilustradas, que coincidían casi siempre en las mismas caras. La homilía del cura, las noticias que traían los arrieros o la llegada de algún viajero pasaban por grandes acontecimientos en torno a los cuales se congregaban los hombres y se discutía con pasión. El arribo o la partida de un visitante era un acontecimiento tan inusual, que se organizaba una comitiva de bienvenida, o de despedida, para recibirlo o acompañarlo por un trayecto, según fuera el caso (véase el siguiente recuadro). La debilidad del Estado central «No se podría tener una idea del régimen interior de la región solo inspeccionando el mapa de ella, las más de las veces inexacto. ¿Qué representan las líneas arbitrarias trazadas por los geógrafos oficiales, las subdivisiones en departamentos y en provincias? Una centralización en el papel, nada más. Considere usted esta prefectura [de Cajamarca]; está situada a una semana de la costa, a diez o quince días de Lima, sin otro medio de comunicación con la capital que una mula, la cual, dos veces por mes, transporta el correo. ¿Cómo esos burgos perdidos, a pesar de las circunscripciones administrativas, a despecho de la complicada red de senderos que asumen en el atlas proporciones de carreteras que parecen enlazarlas con la sede del gobierno, no se sentirían otras tantas pequeñas repúblicas brillando con un espíritu de perfecta independencia? […] Una población limitada, esparcida en un inmenso territorio, engendra por fuerza pequeñas comunidades, cada una con sus aspiraciones propias, sus distintos intereses y sus líderes. Incapaz de apreciar la necesidad de lazo puramente ideal con un poder que sienten débil, desprovisto de recursos y en la imposibilidad de conceder la menor ventaja práctica a cambio del patronazgo impuesto, no ven más allá de su estrecho horizonte. Siempre a la defensiva, suspicaces, prontas a mostrar los dientes por poco que se sientan amenazadas en su autonomía, temen toda intervención del exterior como un acto de piratería cometido en sus tierras. No hay que buscar en otra parte la explicación de la anarquía peruana, de accesos periódicos que han hecho de una región donde la naturaleza ha acumulado tantos elementos de riqueza, una tierra de desolación. […] La fisonomía de la ciudad atestigua sus atormentados destinos. Cajamarca huele a pólvora: hay pocos lugares donde las huellas de las luchas de partidos sean tan visibles. La mayoría de las fachadas, agujereadas por las balas, se parecen a rostros marcados por la viruela. No hay una pared que no esté acribillada. Durante los cinco últimos años esta desdichada ciudad no ha dejado de ser el trofeo que se han disputado encarnizados competidores. Ocupada sucesivamente por diferentes jefes de bandas, sufrió alternativamente las leyes del doctor Puga (en el Perú, el título es sin 222

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