se conviertan en un medio de integración de las diferentes clases sociales, tales como los deportes: el fútbol, el boxeo; o ciertos espectáculos como el circo y las carreras de caballos. Un privilegio que tienen las capitales de los países centralistas es servir de nexo entre la nación y el resto del mundo, sobre todo de aquel más desarrollado. La élite limeña buscó en la modernidad importada de la belle époque europea una herramienta para exorcizar las herencias coloniales que juzgaban como taras del país. Las diversiones y entretenimientos tradicionales, como las procesiones religiosas, las corridas de toros, los carnavales o las peleas de gallos, fueron vistos, de pronto, no como referentes de una cultura común y señal de la peruanidad o de la tradición nacional, sino como prácticas bárbaras, propias de un pueblo inculto y fanatizado; por ende, era preciso proscribirlas. La nueva cultura urbana también se hizo un lugar en otras ciudades peruanas donde, por motivos económicos, se instaló una élite europea, como en Cerro de Pasco o Arequipa. De la vida social en el campo y las pequeñas poblaciones, donde se concentraban las cuatro quintas partes de la población, pueden darnos referencia los relatos de los viajeros. El lamentable estado de las comunicaciones hacía que recorrer el país fuera una cuestión de resistencia física y disponibilidad de recursos. Salvo unos cuantos arrieros que transportaban aguardiente, ropas y algunos insumos para el campo y la minería, los caminos no convocaban más que a aventureros europeos que, en busca de vivencias dignas de la escritura, recorrían países exóticos como el nuestro. Sus relatos varían en función de la época de su viaje, de las rutas que siguieron y de sus propias personalidades. Markham, que recorrió el país hacia 1850, fue mucho más amable en sus descripciones que Charles Wiener o Marcel Monnier, que lo hicieron veinticinco y treintaicinco años después. Donde aquel vio la vida idílica de la aldea, adornada de adorables pastorcitas que regresaban del campo con sus hatos de ganado y flores en el pelo, los otros advirtieron seres espectrales que nunca miraban a los ojos y esquivaban cualquier forma de comunicación y de comercio con los europeos. Un punto común en sus relatos es, sin embargo, el aislamiento. En el campo de ordinario se vive aislado, pero la falta de relaciones con que se vivía en la sierra peruana pasaba por inhumana. Lo usual era que la villa más cercana estuviese a muchas horas o, incluso, días de camino. En esas condiciones no podía contarse casi nunca con la autoridad o los servicios 221
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