El aprendizaje de la libertad

Plaza de Armas de Lima. Óleo de Mauricio Rugendas (1843), en Rugendas (1975). Una sociedad de este tipo, de carácter estamental, según la cual los deberes y derechos de las personas no eran iguales legalmente, sino que dependían de su estamento social, no es proclive al surgimiento de alianzas que involucren a varios estamentos, puesto que cada uno de ellos entiende sus privilegios como un juego de suma cero, en el que los beneficios que se consiguen no deben ser compartidos por los demás, puesto que en este caso dejarían de tener sentido. Los blancos o «españoles» del virreinato no tenían motivos de descontento, salvo el de los criollos por no poder ser funcionarios, pero resultaba difícil que por ello arriesgasen un orden social en el que, finalmente, ellos estaban ubicados tan cerca de la cúspide de la jerarquía. Sus rivales más encumbrados, los peninsulares, eran, además, sus propios padres, tíos o hermanos, con los que a fin de cuentas podían entenderse y arreglar mejor sus diferencias. Si alguna lección aprendieron los indios y mestizos durante sus conatos de rebeldía en vísperas de la independencia fue que era mejor no confiar en el apoyo de los criollos, sobre todo si estos eran de Lima. Los mestizos e indios tenían el incentivo para rebelarse, sobre todo los últimos. Se los había cargado de tributos, a cambio de retirar la prohibición que antes tuvieron de desenvolverse en ciertos rubros. Las reformas borbónicas, aplicadas especialmente durante la segunda mitad del siglo 21

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