El aprendizaje de la libertad

habían sido capaces de alcanzar un acuerdo por sí mismos. Parte de la reforma fue, asimismo, ir desterrando la práctica de nombrar a los oficiales en los cargos de prefectos y subprefectos en el interior; aunque el proceso fue lento y no terminó hasta la década de 1910. EL DARWINISMO SOCIAL Y LA AUTOGENIA En el campo político y social es claro que la clase plutocrática fue humillada por la derrota en la guerra del salitre. Algunos, como Manuel González Prada, que tuvieron las rentas suficientes o la suerte de no ser incorporados en las listas de contribuyentes que debían pagar los cupos a los invasores, pudieron encerrarse en sus mansiones, pero la mayoría se vio obligada a hacer antesala ante las nuevas autoridades, frente a las cuales sus conexiones sociales no eran tan útiles o resultaban estériles. Es ordinario en la historia que las revoluciones sociales sucedan a las derrotas nacionales, porque una consecuencia habitual del fracaso, como sucedió en Francia en 1872 o en Rusia en 1917, es la humillación y el descrédito de la clase gobernante, que suele tener fuertes vínculos con la clase propietaria. Por eso se dice que a falta de revoluciones, buenas son las guerras, porque sus consecuencias tienden a confundirse. La guerra del salitre fue para el Perú nuestra gran revolución republicana. Lo que no pudieron hacer los caudillos de la independencia; lo que iniciaron apenas los líderes mestizos como Ramón Castilla; o proyectaron pero se vieron incapaces de emprender los liberales, como la descentralización del Estado, la incorporación de los indios en la vida económica y social de la nación, la difusión de un sistema fiscal basado en el impuesto como forma de financiamiento de los gastos públicos, o la asunción de la educación y la salud como servicios públicos que debía brindar el gobierno, fue obra de la paz de Ancón, en la que los grandes derrotados fueron el Estado poscolonial y la plutocracia que había medrado a su sombra. Desde el punto de vista social, los indios resultaron finalmente reivindicados, pero no sin un largo debate. En 1885 la prensa del país fue conmovida por la impactante rebelión indígena de Huaraz. A lo largo de los meses de marzo y abril las villas del Callejón de Huaylas, como Caraz, Yungay, Huaraz y Carhuaz, fueron tomadas por los campesinos de las alturas, cuya protesta se inició como un rechazo a la cobranza de la contribución personal (un impuesto del que hablaremos más abajo) y a la imposición de los trabajos de «república», pero que ulteriormente se 213

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