El aprendizaje de la libertad

antes de las elecciones. El segundo vicepresidente, el general Justiniano Borgoño, otro leal colaborador de Cáceres, asumió el poder y organizó unas elecciones en las que los demás partidos se negaron a participar, por parecerles poco limpias. Argumentaron que la presidencia interina le correspondía legalmente al primer vicepresidente, Pedro Alejandrino del Solar, un civil en el que, al parecer, Cáceres no confiaba plenamente para sus planes políticos. El triunfo electoral de Cáceres en 1894 fue desafiado por una coalición de todos los demás grupos políticos (incluyendo al civilismo) que no estaban dispuestos a permitir un tercer periodo cacerista continuo en el poder. A la cabeza de la revolución se puso Nicolás de Piérola, quien organizó a la población en «montoneras»: un ejército irregular reclutado en el campo y entre marginales de la ciudad, que, pertrechado de fusiles y caballos, tenía en aquellos tiempos el mismo poder de fuego que el ejército oficial. Las montoneras de Piérola aparecieron en varios puntos del país y revelaron la eficaz red de comunicaciones que ahora podía desplegarse a través, ya no solo del correo y del telégrafo, sino de la imprenta (los panfletos, volantes y periódicos) y las asociaciones civiles. El historiador Nils Jacobsen ha propuesto que la revolución de 1895 fue el inicio de una nueva forma de hacer política en el Perú. Esta nueva política tenía como marca ser de masas y aludir a referentes nacionales dotados de peruanidad. El rescate de las provincias «cautivas» de Tacna y Arica pasaría, por ejemplo, a ser uno de los contenidos clásicos en los programas de gobierno. Los líderes seguían siendo caudillos personalistas antes que figuras elegidas democráticamente dentro de una organización partidaria, pero los partidos políticos comenzaron a cobrar cada vez mayor importancia. El Civil, por ejemplo, careció de un liderazgo personalista marcado durante toda esta nueva etapa. Su refundador, Manuel Candamo, murió cuando ejercía la presidencia de la república en 1904, pero el partido no se desarmó ni perdió la conducción del país. La posta fue recogida por José Pardo, hijo del fundador Manuel Pardo, y el partido logró hacerlo presidente no solamente a él (por dos periodos: 1904-1908 y 1915-1919), sino también a otro de sus militantes: Augusto B. Leguía, entre 1908-1912. El triunfo de la revolución de 1895 significó el fin de los gobiernos caceristas, en el que las figuras del civilismo habían colaborado, sobre todo al inicio, discreta pero activamente, al punto que algunos señalaron a Cáceres y su partido como una suerte de mascarón del civilismo. Una junta 210

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