El aprendizaje de la libertad

destacaron en ella, no las revoluciones ni la ampliación de la ciudadanía y el derecho al voto, sino el respeto por la ciencia, las jerarquías sociales y la propiedad, así como el apoyo a las empresas y al libre comercio. Sería más práctico entender a estos partidos políticos como organizaciones gremiales y, hasta cierto punto, geográficas, que contendían por el poder. El Constitucional era, por ejemplo, el partido de los militares, sobre los que el Brujo de los Andes (otro de los apelativos de Cáceres) mantenía una fuerte ascendencia. Esta duró hasta la Primera Guerra Mundial y era la base de su poder. Si se quería contar con el apoyo o, al menos, la neutralidad de la casta militar, había que entenderse con Cáceres. El Demócrata sería el partido de las aristocracias y mesocracias provincianas, sobre todo del sur; agrupaba a todos los que aborrecían a la antigua «argolla», representada por el civilismo. Por su parte, el Partido Civil sería el partido de los «ganadores» de la sociedad peruana; los profesionales exitosos, los grandes empresarios mineros, agrarios y comerciantes tenían en él su club político. Su simpatía era fuerte en Lima y la costa, pero lograba también alguna adhesión entre las aristocracias del interior, lo que le permitió una dimensión nacional, con la que pudo dominar la política peruana durante las dos primeras décadas del siglo XX. Para los triunfos electorales del civilismo a partir de 1903 fue importante la nueva ley de elecciones de 1896, que restringió el voto a los varones mayores de 21 años que fueran alfabetos. Solo un 7% de la población cumplía con estos requisitos y estaba concentrado en las ciudades de la costa peruana, que fueron así las que hasta 1931, cuando cambió la ley electoral, dominaron las elecciones. La ley electoral de 1896 también determinó que las juntas electorales se formarían en las distintas circunscripciones sobre la base de los mayores contribuyentes, lo que dejó el control de las elecciones a la clase propietaria. Terminada la guerra del salitre y su epílogo de guerra civil, era claro que nadie podía competir en prestigio y popularidad con Cáceres. Era el hombre del momento. Las elecciones de 1886 tuvieron en él a un obvio y contundente ganador. Si se quería llegar o estar cerca al poder, había que hacerse cacerista y militante de su partido. Ocho años después, el León de Tarapacá (como también se conocía a Cáceres) estaba ya desgastado políticamente y no era un buen vehículo para el poder. Cronológicamente, primero vino el momento del partido de Cáceres, hasta 1894, año en que el presidente Remigio Morales Bermúdez, un leal lugarteniente del héroe de la Breña, enfermó y murió súbitamente poco 209

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx