toda América, que se enraizaba tanto en su pasado prehispánico como en el esplendor virreinal. Los chilenos sintieron el peso de esa tradición cuando intentaron desperuanizar rápidamente las antiguas provincias del sur ocupadas durante la guerra. En un caso comparable al de Polonia en el siglo XIX, la tradición peruana se mantuvo viva durante casi cincuenta años, pese a la ocupación extranjera y a los considerables incentivos que se ofrecieron a los peruanos para cambiar de nacionalidad. Otra de las fortalezas del Perú en esos días aciagos fue, en palabras de Jorge Basadre, su “tendencia histórica a la unidad”. Ella también era un fenómeno antiguo. Probablemente tuvo su origen en la vieja irradiación política de Lima que databa de tempos del Virreinato sobre un extenso territorio que, a la postre, constituyó la base del dominio republicano. Ambos elementos impidieron, de hecho, una disgregación del Perú. […] No cabe duda que la nacionalidad peruana, como una suerte de denominador común existía en términos que podríamos referir a elementos de larga duración, enraizados en la tradición, y de los cuales no siempre había una conciencia viva en términos masivos. Ello, aun considerando la cruda realidad del poco integrado mosaico regional y lingüístico que era el Perú del tiempo de la guerra. […]». Hugo Pereyra (2006, pp. 113-114). 201
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