La memoria de la guerra del salitre se convirtió en los años siguientes en el gran referente de una historia patria que se fue construyendo en clave de tragedia. Los intelectuales de la generación siguiente hicieron del marino Miguel Grau, inmolado en Angamos, los coroneles Francisco Bolognesi y Alfonso Ugarte, muertos en Arica y, en menor medida, de Andrés Avelino Cáceres, el «héroe de la Breña» —a quien, al decir del historiador Jorge Basadre, le faltó morir en Huamachuco—, las figuras tutelares de la peruanidad. La caída de los incas frente a los españoles y la del primer Estado republicano frente a los chilenos pasaron a ser los dos momentos trágicos de la historia peruana. En el episodio de la conquista española se padecía el problema de que el reparto de los roles de héroes y villanos resultaba complicado ante la evidencia de que la élite del país descendía antes de los ofensores europeos que de las víctimas andinas, por lo que fue más fácil que la guerra del salitre pasase por el gran drama de la historia del Perú republicano. Al poco de comenzar su vida independiente el Perú habría sido sometido a una dura prueba, como fue esta guerra. El hecho de haber sobrevivido como nación independiente y de haberse podido reconstruir como una nación viable después fue el hilo argumental con que se fue componiendo el curso de la historia patria. Esto fue ocurriendo de a pocos y fue un proyecto historiográfico que se plasmó especialmente durante los prolongados gobiernos militares del siglo XX (véase el siguiente recuadro). Los orígenes del nacionalismo peruano «Siguiendo un patrón recurrente en sus grandes crisis políticas, el Perú [durante la guerra del salitre] mostraba una división en dos bandos ferozmente hostiles entre sí, como había ocurrido durante la guerra de independencia y en tiempos de la confederación Perú-boliviana. […]. Con sus gamonales semifeudales, sus propietarios costeños europeizados, sus chinos semiesclavizados, sus indios y negros en servidumbre ancestral, y con sus pobladores de la Amazonía en esporádico contacto con los núcleos modernos del Perú (por la vía del Atlántico brasileño), entre otros muchos actores sociales, el Perú era todo menos una sociedad cohesionada y fuerte en su entraña social. A ello se añadía una muy escasa o casi nula cultura política en todos los rincones del país. Como plaga parasitaria que encuentra abundante nutriente, la invasión y la destrucción de la guerra prendieron fácilmente sobre tales elementos de disociación que, por diversas razones y pese a excepciones notables, no habían llegado a ser atacados con eficacia por los distintos gobiernos republicanos. […]. No obstante, al lado de estos elementos negativos, y pese a la división profunda de su sociedad, el Perú era depositario de una de las más antiguas tradiciones culturales de 200
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