El aprendizaje de la libertad

Civilismo y burguesía limeña eran las dos caras de la misma moneda en contradicción con los intereses terratenientes. Un binomio que traducía los conflictos costa-sierra, ciudad-campo, Lima-regiones. Cansados de una guerra infructuosa, los terratenientes se aglutinan en torno a Iglesias para enfrentar a una élite limeña replegada. El tratado de Ancón fue una clara señal de la demostración del bloque terrateniente de su poder alcanzado a costa [gracias a] del apoyo chileno y la inacción y aislamiento del régimen de Montero en Arequipa. Apartado definitivamente de la senda trazada por la burguesía limeña y el gobierno provisorio, Iglesias empieza a difundir su mensaje de regeneración y paz exterior del bloque terrateniente a los prefectos y funcionarios de su dependencia. Sin embargo, su posición encendió vivas protestas. Se publicaron actas firmadas en las ciudades de Huaraz (16 de octubre de 1882), Cajabamba (18 de octubre de 1882), Tarma (20 de octubre de 1882), Cerro de Pasco (20 de octubre de 1882), Huari (20 de octubre de 1882). […] Mientras tanto en Lima, Iglesias contaba con la colaboración de Luis M. Duarte, quien se encargaría de recoger adeptos para la futura aventura. [Mariano] Castro Zaldívar reconocía los aportes de Duarte, aunque manifestaba que tenía un carácter indiscreto e impulsivo y que podría ser fatal en el futuro. Junto a Jovino Novoa [plenipotenciario chileno] le aconsejaban prudencia. Elevado por la Asamblea del Norte como Presidente Regenerador, Iglesias lo nombra [a Duarte] en la Jefatura Político Militar del Centro y este parte hacia Huancayo a ocupar dicho cargo. Tropezará con varias dificultades hasta la victoria chilena en Huamachuco, cuando la correlación de fuerzas se hizo más favorable. No obstante, Duarte muere asesinado en 1883, en una situación no aclarada hasta el día de hoy». Julio César Abanto Chani (2012, pp. 129-131). El gobierno que instauró Iglesias en Cajamarca fue reconocido por los chilenos al inicio de 1883, quienes incluso le brindaron respaldo militar contra los arrestos de Cáceres, quien fungía de brazo armado del gobierno de Montero. En Huamachuco los hombres de Cáceres fueron precisamente derrotados por las tropas chilenas del coronel Gorostiaga, que protegían a Iglesias. El gobierno de Chile y el de Iglesias nombraron representantes para convenir las condiciones del acuerdo de paz. Probablemente para mejorar la adhesión del civilismo, que apoyaba a Montero, Iglesias nombró como uno de sus representantes a José Antonio de Lavalle, el mismo diplomático que había fallado en atajar la declaratoria de guerra al Perú cuatro años atrás. Lavalle estaba en esos momentos preso en Santiago. Antes de ser liberado, fue entrevistado por el presidente Santa María, quien lo puso al tanto de las pretensiones chilenas. Estas consistían en obtener la cesión de la provincia de Tarapacá y la de Tacna-Arica, por la cual ofrecían una compensación de diez millones de 198

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