El aprendizaje de la libertad

Iglesias era admirado por su coraje en la defensa del Morro Solar en Chorrillos, donde perdió a uno de sus hijos, y por su victoria en San Pablo contra una guarnición chilena, con la colaboración de los montoneros locales en julio de 1882. La represión que siguió a esta victoria: el arrasamiento de las ciudades de Chota, Cajamarca y San Pablo, y la imposición de cupos de dinero a sus élites movieron al héroe hacia un acuerdo de paz. La élite limeña, la antigua «argolla» de consignatarios del guano y administradores de las oficinas de salitre expropiadas a sus primeros empresarios, se resistía a perder el litoral del sur, que era el sustento de su riqueza. Esta postura tenía como representante a Lizardo Montero, quien como vicepresidente del régimen de La Magdalena, era formalmente el presidente del Perú y se decía que tenía un ejército de cuatro mil hombres en Arequipa. Su autoridad creció, además, con la salida de Piérola del país y la adhesión del general Cáceres a su mando en enero de 1882. Hacia ellos se dirigió el manifiesto de Montán, cuando señalaba que: por no ceder ese pedazo de terreno, que representa un puñado de oro, fuente de nuestra pasada corrupción, permitimos que el pabellón enemigo se levante indefinidamente sobre nuestras más altas torres desde Tumbes hasta al Loa, que se saqueen e incendien nuestros hogares, que se profanen nuestros templos, que se insulte a nuestras madres, esposas e hijas (Ahumada, 1982, t. VIII, p. 308). Dentro de la antigua argolla había ido calando la idea de resignarse a la pérdida del litoral salitrero y buscar nuevas fuentes de acumulación de riqueza, por lo que el «grito de Montán» fue ganando adhesiones. Los terratenientes de la costa, que eran quienes más sufrían la carga fiscal del ejército de ocupación, también comenzaron a mirar con beneplácito un acuerdo de paz inmediato. Este contó, además, con el respaldo del ejército chileno, que quienes se oponían al manifiesto a favor de la paz, señalaban como a su verdadero autor (véase el siguiente recuadro). El manifiesto de Montán: terratenientes contra la burguesía limeña «Montán no significó otra cosa que el grito de guerra de un gran sector de la clase terrateniente, que criticaba la forma de conducir el Estado y los destinos del Perú por parte de la burguesía limeña. La magnitud del conflicto que se desencadenaba era infinitamente superior a la pugna abierta entre los presidentes García Calderón y Piérola. El civilismo fue la entidad política que recibió todos los golpes discursivos del iglesismo. Se le acusaba de empujar incesantemente al Perú hacia el abismo. Sobre la oligarquía limeña se cernían todos los pesares de nuestra vida republicana y era incriminados como culpables aquellos enriquecidos por el guano y el salitre. 197

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