chilenas procedieron a un escarmiento «ejemplar», que consistió en incendiar su iglesia y sus principales viviendas, incluso las de comerciantes extranjeros, y en degollar a los heridos que no pudieron huir de esta operación de revancha. Aunque Cáceres —en el centro— e Iglesias —en el norte— dudaban de que pudiera voltearse el curso de la guerra, creían que era posible una intervención extranjera que le pusiera fin o mejorase las condiciones para un acuerdo de paz. Había esperanzas, poco fundadas, pero alimentadas por el embajador de Estados Unidos en el Perú, de que dicha nación intervendría en defensa del Perú. Mantener una oposición armada era, en todo caso para algunos militares, una cuestión de dignidad mientras el país estuviese ocupado. Andrés Cáceres y Miguel Iglesias fueron, además de oficiales militares, dos hacendados serranos, ayacuchano el primero y cajamarquino el segundo, que lograron movilizar a miles de campesinos en defensa del Perú. A raíz de ello, historiadores como Florencia Mallon y Nelson Manrique sostuvieron que la experiencia de la guerra fue para los campesinos peruanos una revolución social. Aprendieron que los mistis eran seres vulnerables, que al final dependían de la ayuda de los de abajo para mandar. Al movilizarse por diversos pueblos tuvieron una experiencia de su poder, cuando estaban organizados, y al pelear por la patria percibieron que tenían derechos frente a los bienes de que disponía el Estado, como tierras o cargos públicos. Los terratenientes que habían colaborado, aunque fuese forzadamente, con el enemigo debían en cambio ser castigados y privados de sus bienes. Otros historiadores, como Heraclio Bonilla, argumentaron que los campesinos fueron movilizados por los sentimientos de lealtad y sumisión que mantenían con sus jefes terratenientes; en la guerra actuaron más como siervos feudales antes que como soldados nacionales, y que su reacción contra las fuerzas chilenas no fue impulsada por sentimientos nacionalistas, sino por la defensa de sus bienes y sus mujeres. Bonilla, como también el antropólogo francés Henri Favre, señalaron además que la ola de violencia que sacudió al Perú durante la ocupación chilena fue, sobre todo, un ajuste de cuentas entre los propios peruanos. Los terratenientes serranos fueron atacados por los campesinos, no por colaboracionistas con los chilenos (esto fue un pretexto), sino por terratenientes y por blancos. Según estos autores, los campesinos indios no distinguieron entre chilenos y mistis peruanos. 194
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