residentes en Perú y Bolivia durante el conflicto. Perú y Bolivia propusieron el pago de una reparación de guerra razonable y la mediación del gobierno de los Estados Unidos en calidad de árbitro. El argumento de Chile para la reivindicación del litoral salitrero fue que dichas tierras habían fructificado gracias al trabajo y el tesón de su población. Los territorios se ganaban no solamente por la herencia de los reinos del pasado, sino por el trabajo que los pobladores desplegaban en él. Obreros y empresarios chilenos habían bregado en las salitreras en los últimos diez o doce años, colonizando y sacando adelante unas tierras que hasta entonces no habían sido más que páramos yermos; la tierra debía ser para quien la trabajaba. Este argumento resultaba cierto sobre todo en el caso de Antofagasta, que aunque nominalmente boliviana, había sido un espacio desarrollado por las empresas y los trabajadores del vecino del sur. En la provincia de Tarapacá la población chilena alcanzó a ser un cuarto del total en el censo de 1876 (otro cuarto era de población extranjera de distinta procedencia, principalmente de Bolivia e Italia), y podía haber crecido algo más para el momento de la guerra, pero las empresas salitreras más importantes eran peruanas y de empresarios europeos. La comprensible resistencia del Perú y Bolivia a ceder territorio (además, tan jugoso económicamente hablando) hizo fracasar la negociación en Arica, pero es instructivo conocer que las condiciones planteadas ahí por Chile fueron las mismas que tres años se discutieron, ya no en Arica sino mucho más al norte, en Ancón. Y entonces Chile ya no pidió Tacna y Arica como prenda del cumplimiento de lo acordado, sino perpetuamente. La apuesta del Perú y Bolivia al no ceder en las conferencias de Lackawanna fue que en adelante podría irles mejor en la guerra (lo que francamente no se veía cómo) y podrían, así, pactar una paz en mejores condiciones. El riesgo era que, al contrario, les fuera peor, en cuyo caso las condiciones para una paz más bien empeorarían. De haber cedido el Perú en Arica, este puerto se hubiera mantenido peruano y nos hubiésemos ahorrado la humillación de la ocupación de Lima, con sus miles de muertos. Pero esos no eran buenos argumentos para el nacionalismo romántico de esos tiempos. Hubo dos posiciones peruanas obstinadas, y tal vez insensatas, en Arica en el mismo año de 1880: una en el morro y otra en la rada, pero aquella por lo menos ganó la gloria. LIMEÑOS EN EL CAMPO DE BATALLA 188
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