hombres blancos y con poder en la sierra), con la desventaja de que ni siquiera hablaba quechua, como aquellos del Perú profundo. En la víspera de la batalla, el general Campero arriesgó una maniobra temeraria, que consistió en tratar de sorprender durante la noche al enemigo, aprovechando que su ejército debía tener un mejor conocimiento del terreno. Pero los batallones se perdieron en la neblina reinante y los soldados desertaron. Se dio cuenta entonces de que su ejército era como los monitores Atahualpa y Manco Cápac, fondeados en el Callao y Arica, incapaces de moverse porque se desarmarían. Trató de reunir a los dispersos y se plantó en la meseta del Intiorco (Alto del Sol en castellano) a esperar el ataque y algún milagro. Pero los milagros rara vez suceden en las guerras y el ejército mejor armado pudo tomar la cuesta y conseguir la victoria. Esa noche y durante los días siguientes la ciudad de Tacna fue sometida a un saqueo vergonzoso, que llevó a la protesta del cónsul italiano. ARICA NO SE RINDE, PERO SE PIERDE En Arica había quedado una guarnición aislada, al mando del anciano coronel Francisco Bolognesi, cuya suerte estaba claramente perdida. Pudo haberse retirado o rendido, pero afloró en sus jefes, bajo su liderazgo, el nacionalismo, un valor que la corriente del romanticismo había enaltecido. Una de las ideas del nacionalismo era sostener que la patria era algo más grande que la suma de los individuos que la componían, y debía ser idolatrada hasta el sacrificio más grande que puede hacer un hombre: el de su propia vida. El buen hombre del siglo XIX no era solo el que trabajaba por su familia y velaba por su bienestar, o el que estaba en paz con su dios y su rey y les guardaba fidelidad y respeto, sino el que trataba de sacar adelante a su país y llegaba a ofrendar la vida por su defensa, aun cuando esta fuera estéril. Bolognesi fue abandonado por el gobierno de Piérola, sin saber qué instrucciones seguir, o si iba a recibir algún apoyo para la defensa del puerto. Era como si el Estado peruano hubiera desaparecido y abandonado a sus hombres en una aislada cresta de roca frente al mar. Solo bajo el profundo nacionalismo de aquellos tiempos puede entenderse la decisión de su Estado Mayor de no aceptar la invitación a una rendición honrosa hecha por un enemigo tres veces superior en número. 185
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