El aprendizaje de la libertad

alcance de sus cañones y su parque de abastecimiento. Optó por retroceder al cerro, con lo cual facilitó el avance del enemigo. En este repliegue fue herido el coronel Camacho y muertos varios jefes aliados. Cuando llegaron a sus bases, en lo alto del cerro, no tuvieron ya la capacidad de contener el ataque, que por varios frentes hacía el enemigo. Sobre las dos y media de la tarde, la derrota era un hecho consumado y el ejército aliado inició la retirada por el valle del Caplina, con lo que dejó Tacna a merced de los chilenos. Elaborado sobre la base de Carlos Dellepiane (1931, pp. 272-284). Puede sorprender que para esta batalla, que se presentaba como decisiva para la suerte de la guerra, los aliados no hayan podido presentar una fuerza más numerosa que el ejército invasor. A las fuerzas que defienden su propio territorio les suele ser más fácil reclutar soldados y ponerlos en el campo de batalla que a las que han debido trasladarse desde otro país. ¿Por qué no era así en este caso? En las guerras puede probarse la fuerza de un Estado. Aquel que cuente con más legitimidad y consenso entre su población, vale decir, que es considerado como un gobierno justo, que sabe lo que hace y se cree que lo hace bien, tendrá mayor capacidad para exigir sacrificios e imponer deberes a los habitantes. Las deposiciones de los presidentes legalmente elegidos aunque vueltos impopulares durante el primer año de la guerra, por fracasados o traidores, en Perú y Bolivia, llevaron al poder a figuras polémicas, como Piérola en el Perú. Ya no solo la capacidad para gestionar préstamos y conseguir armamento en el exterior se volvió más limitada, sino que también lo fue su capacidad para reclutar hombres y arrancar recursos materiales en el frente interno. El gobierno de Piérola trató de movilizar hombres y de imponer contribuciones, pero no consiguió nada en el corto plazo de cinco meses que tuvo hasta la batalla de Tacna. Los civilistas lo aborrecían por considerarlo un demagogo a quien gustaba seducir al pueblo con hombradas como la del Pacocha y lanzando amenazas contra la riqueza de los consignatarios. La clase propietaria lo tenía por enemigo por lo mismo y consideraba su presidencia una amenaza para sus intereses. «¡Antes los chilenos que Piérola!» fue, según la maledicencia limeña, una proclama que resumía su punto de vista. El «califa» (como se le conocía en el periodismo por su barba de aspecto oriental y su catolicismo ultramontano) tenía buena llegada entre las clases mesocráticas del interior, a quienes conquistaba por sus campañas contra la «argolla» civilista y sus poses contra el centralismo limeño, pero no pegaba entre la población indígena, para quien resultaba demasiado ajeno; un «misti» más (los mistis eran los 184

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