El aprendizaje de la libertad

su puesto al almirante peruano Lizardo Montero, por haberse elegido en Bolivia hacía pocas semanas a un nuevo presidente (Eliodoro Camacho). Montero era un militar civilista, amigo del depuesto presidente Prado. Sabedor de que no contaba con el respaldo de Piérola, no aceptó la jefatura y, de acuerdo con los demás jefes peruanos y bolivianos, le pidieron a Campero mantener el mando. A estas alturas los aliados creían que el ejército chileno contaba con veintidós mil hombres, una fuerza verdaderamente intimidante cuyo falso número había sido transmitido, tal vez interesadamente, por unos arrieros que aprovisionaban al ejército enemigo y que fueron capturados por los peruanos (véase el siguiente recuadro). La batalla del Alto de la Alianza Esta batalla tuvo lugar el 26 de mayo de 1880 y su resultado fue decisivo para la caída del sur peruano en manos del enemigo y, así, para la consolidación de Chile de su posesión de las salitreras de Tarapacá. El ejército aliado se asentó en la explanada elevada del cerro Intiorco, dispuesto en dos líneas de defensa, una detrás de otra, más unos batallones de reserva. El ejército chileno, al mando del general Baquedano, estaba dispuesto de manera similar, pero en una llanura con suaves ondulaciones, al pie del cerro. A las 9 de la mañana se inició el duelo de artilleros y un par de horas después las tropas chilenas de la primera línea iniciaron el ataque. En las maniobras ofensivas de las guerras de aquellos tiempos era complicado coordinar las distintas velocidades que alcanzaban las fuerzas de caballería, de infantería y de artillería. La primera era la más rápida, y la última la más lenta, puesto que, dependiendo del terreno, los cañones, como en este caso, debían ser trasladados por partes sobre mulas. Debido al escaso número que en general tuvieron las fuerzas de caballería en esta guerra, eran usadas por los ejércitos sobre todo para prevenir ataques de flanco y deserciones de las tropas, de modo que solían marchar a la retaguardia y a los costados de los soldados, antes que a su cabeza. El peso del ataque recayó, así, sobre la infantería de la primera línea chilena, que sin el acompañamiento de su artillería, que había quedado retrasada, debió enfrentar el fuego nutrido de la defensa aliada. Las fuertes bajas que sufrió la hicieron vacilar, primero, para después iniciar un retroceso hacia posiciones más seguras. Alentado por este resultado, el coronel boliviano Eliodoro Camacho, jefe de dicho flanco, se lanzó al ataque sobre la infantería chilena y solicitó refuerzos al general Campero, quien, contagiado del optimismo de su subordinado, le cedió varios batallones de los otros flancos y de la segunda línea. En su retroceso, los soldados chilenos llegaron a topar con los hombres de su segunda línea, que frenaron su huida y, alentados por la presencia de su artillería y caballería, iniciaron, sobre la una de la tarde, un vigoroso contrataque. Este, aunque resistido en un primer momento por las fuerzas de Camacho, le hizo ver lo expuesto que estaba su ejército, alejado del 183

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx