armamento; así salió del país pocos días antes de la Navidad de 1879. Muchos pensaron que se trataba de una vergonzosa fuga, con lo que su régimen quedó mortalmente herido en su imagen pública. De esto se aprovechó Nicolás de Piérola, el héroe anticivilista, para derrocar al vicepresidente, el general La Puerta, que había quedado en funciones, y asumir la conducción del Estado. La escisión política resultaba fatal en este contexto, por lo que las posibilidades de voltear el curso de la guerra empeoraron, si es que esto era posible. Para empezar, el presidente depuesto ya no tendría ninguna posibilidad de éxito en sus gestiones financieras en el extranjero. Con la venta de toneladas de guano y promesas de todo tipo la misión peruana Rosas-Goyeneche llegó a conseguir, en enero de 1880, un préstamo en París de 800 000 libras esterlinas con el Banco Crédito Industrial, pero este fue desautorizado por el nuevo presidente. La razón era el perjuicio que este acuerdo traería a Dreyfus, quien al parecer había sido el gran financista de sus aventuras políticas y prometió conseguir un monto más elevado que los del Crédito Industrial, que nunca llegó. En Bolivia el presidente Daza fue depuesto, acusado de la «traición de Camarones»; en consecuencia, un nuevo hombre asumió el poder. Perú y Bolivia tenían ahora nuevos presidentes, pero no mejores ejércitos, que era lo necesario para el contraataque. Entretanto, la derrota de Tarapacá convenció al ejército chileno de que la conquista del territorio salitrero peruano no iba a ser como la de Bolivia, que pudo confiarse apenas a unos cuantos cientos de hombres. Había que reforzar el ejército antes de presentar batalla ante lo que sería ahora el grueso de las fuerzas aliadas. Esto fue posible gracias a su dominio del mar, que les permitió movilizar hombres y bastimentos con comodidad. Así se llegó a la batalla de Tacna o Alto de la Alianza, del 26 de mayo de 1880. Las fuerzas chilenas desembarcaron en Ilo y convergieron al pie del cerro Intiorco, en las afueras de Tacna, donde se había asentado el ejército aliado. Los aliados tenían esta vez el dominio de las alturas, pero su artillería, como en todo el curso de la guerra, era inferior a la chilena, igual que su caballería. El número de hombres era más o menos similar: alrededor de diez mil, arriba y abajo del cerro. El jefe del ejército aliado fue el general boliviano Narciso Campero, en virtud del acuerdo que existía de que el mando de las fuerzas aliadas se unificaría debajo del oficial que tuviese el mayor rango. Campero era el presidente de Bolivia, cargo considerado dentro del escalafón. Quiso ceder 182
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