El aprendizaje de la libertad

mientras unos soldados aliados recogían agua y tomaban posiciones para una batalla que supuestamente darían al amanecer, se escaparon unos tiros; el enemigo respondió con sus cañones y en poco tiempo el fuego se generalizó. El desorden con que se había realizado la Junta de Guerra hizo a varios jefes pensar que quizá Buendía había dispuesto súbitamente el inicio del ataque, por lo que cada quien lanzó a sus hombres al asalto de la cumbre donde se había posicionado el ejército chileno. Las fuerzas aliadas no contaban con la artillería suficiente para respaldar el ascenso de sus hombres. La falta de experiencia y de alcance de los cañones provocó que los tiros de los fusiles y cañones dañasen a sus propios hombres que avanzaban hacia la cumbre, antes que a los enemigos parapetados arriba. Con mejor artillería y provistos de unos fusiles que podían disparar más balas por minuto, estos pudieron desplegar el fuego suficiente para frenar a los atacantes. Muchos soldados aliados aprovecharon la confusión y comenzaron a desertar y, por consiguiente, a abandonar su armamento y todo aquello que dificultase su fuga. Solo el contingente dirigido por el general boliviano Carlos Villegas llegó a acercarse a la cumbre, para intentar silenciar a los cañones enemigos con una esforzada columna dirigida por el comandante cuzqueño Ladislao Espinar, pero el oportuno refuerzo hecho por los chilenos en este punto lo impidió y terminó con el sacrificio de esos hombres. Tras dos horas de esfuerzos estériles el ejército aliado abandonó el ataque e inició la retirada hacia el interior. Los chilenos esperaban el reinicio de las acciones con el nuevo día, pero la luz del amanecer les permitió avistar la polvareda levantada por los que se marchaban. En las faldas del San Francisco quedaron cadáveres, heridos y equipos que no pudieron ser transportados. Entusiasmado con este resultado, una parte del ejército chileno se animó a perseguir al ejército aliado en retirada, con la idea de liquidarlo definitivamente, pero el 27 de noviembre sufrió el revés de Tarapacá. La victoria peruana de aquel día fue, sin embargo, inútil, salvo para ganar tiempo y recuperar la moral, puesto que sin refuerzos ni equipo bélico, el ejército después de su triunfo continuó su retirada. NUEVOS PRESIDENTES, LOS MISMOS EJÉRCITOS Los desastres de Angamos y San Francisco desesperaron al presidente Prado, quien intempestivamente abandonó su cuartel general en Arica y se presentó en Lima, donde comunicó a muy pocos su decisión de ir personalmente a Europa a conseguir nuevos barcos, préstamos y 181

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