escenario iba a ser su propio territorio, del que debía tener mejor conocimiento y al que sus hombres deberían defender con más coraje. La zona en litigio, el litoral del sur, era empero un desierto de arena seca y estéril recién colonizado y relativamente hostil a la naturaleza de los hombres peruanos y bolivianos, más acostumbrados al clima frío y el territorio rugoso y desnivelado de los Andes. Teóricamente se trataba de dos países contra uno y las poblaciones del Perú y Bolivia, juntas, duplicaban a la de Chile, pero se hizo evidente que las dificultades de coordinar los desplazamientos de dos ejércitos obedeciendo a dos poderes distintos disminuía de forma importante esa ventaja. Hay que tomar en cuenta que en 1879 La Paz no estaba aún comunicada por telégrafo con la costa, de modo que las comunicaciones entre la capital boliviana y el cuartel general del presidente Prado en Arica debían hacerse mediante chasquis o mensajeros a caballo. Ello se volvió evidente con ocasión de la batalla de San Francisco, que fue el primer combate de envergadura en tierra firme. San Francisco era una oficina salitrera ubicada a una jornada de camino de Pisagua, hasta donde se habían internado las fuerzas chilenas en su afán de consolidar la cabeza de playa que habían ganado. Ahí se ubicaba el pozo de Dolores, que era vital para surtir de agua dulce a los animales y la tropa. El ejército peruano acantonado cerca de Iquique, donde se había pensado que podía ocurrir el desembarco chileno, avanzó hacia Dolores, a fin de cortar el paso a los invasores, antes de que desembarcaran más hombres y se hicieran fuertes en Tarapacá. Las tropas peruanas estaban al mando del general Juan Buendía, quien, para expulsar a los enemigos, contaba con la llegada del ejército boliviano de tres mil hombres, dirigido por el mismo presidente Daza, que había partido en tren hacia Arica, como se había convenido en una junta de guerra celebrada en Tacna inmediatamente después de conocerse el desembarco de los chilenos en Pisagua. Si este plan se hubiera cumplido, probablemente los aliados habrían triunfado y devuelto a los chilenos al mar. Pero las dilaciones en las comunicaciones con el aliado hicieron perder la oportunidad. Primero, que el ejército de Daza, llegado a Arica el día 8 de noviembre, inexplicablemente se detuvo ahí tres días antes de iniciar la marcha al sur. Segundo, que ante la posibilidad de más refuerzos bolivianos que arribarían al mando del general Narciso Campero, Buendía decidió postergar el ataque. Finalmente Campero respondió que no podría hacerse presente antes de dos semanas. En la espera de esta respuesta se perdieron valiosos días que permitieron a 178
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