El aprendizaje de la libertad

llevaba tres años de suspensión de pagos de su deuda externa, la casa Dreyfus había iniciado juicios contra el gobierno peruano alegando deudas a su favor y lo había desprestigiado profundamente; y en este pleito entre Chile y Perú, las naciones europeas se mostraban más inclinadas a favor del primero, que transmitía la imagen de una nación más civilizada y hecha a imagen y semejanza del Viejo Continente. El mismo hecho de haber estatizado las salitreras contrastaba con la conducta más liberal de Chile en materia de política económica y trato al capital foráneo. En el frente interno nadie quería aflojar los bolsillos por la patria, ni el gobierno parecía capaz de aumentar la presión fiscal. Recuérdese que los ingresos del Estado peruano no dependían propiamente de impuestos, sino de rentas patrimoniales, por lo que carecían de la elasticidad que dan los ingresos basados en un porcentaje de las rentas de las empresas o personas. En una estéril demostración caudillista, el presidente Prado se trasladó a Arica para dirigir personalmente las operaciones de guerra. Por su parte, en la capital, el ministro de Hacienda, José María Quimper, procuraba imponer una «fiscalidad de guerra», pero se topó con la clase propietaria, atrincherada en el Congreso, que desautorizó todas sus medidas tributarias. Desde ahí se propusieron reunir fondos mediante la impresión de más billetes de papel, al tiempo que los bancos de Lima ofrecieron un préstamo al gobierno, que sería entregado en billetes. Si bien esta moneda podía servir para pagar por alimentos o acémilas a los tenderos y hacendados locales, era inútil para comprar armas en el extranjero, donde solo se aceptaba la moneda de metal precioso. Para esto, la clase propietaria organizó colectas y campañas de donativos que permitieron reunir unos cuantos miles de soles, que entregaron al gobierno. Mientras el gobierno chileno se financiaba mediante impuestos extraordinarios y préstamos en el extranjero, el peruano recurría a mecanismos más débiles, como las colectas y la impresión de papel moneda, aunque también fue a tocar la puerta a los banqueros europeos. El resultado de esta guerra económica era fundamental para el desenlace de los acontecimientos propiamente bélicos y todo parecía indicar que la iban ganando los del sur. Las noticias de los desastres navales de Iquique y Angamos —en el primero el Perú perdió su mejor barco: la fragata blindada Independencia, y en el segundo, el otro blindado que le quedaba: el Huáscar— complicaron más los esfuerzos de los comisionados en Europa para levantar fondos. Después del combate de Angamos, del 8 de octubre de 1879, en que pereció sacrificado el máximo héroe del panteón 176

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