Calderón. En agosto y setiembre de 1875, las peligrosas suertes de los bancos y el fisco quedaron firmemente ligadas: los primeros le otorgaban préstamos al gobierno y, a cambio, los depreciados billetes bancarios eran declarados circulante obligatorio». Alfonso Quiroz (2013, pp. 224-225). Un problema que aquejaba al nuevo estanco era que, a diferencia del guano, el país no tenía un monopolio total del salitre, por la competencia que suponía la costa boliviana, donde empresarios chilenos y europeos venían extrayéndolo y exportándolo activamente. Para mitigar esta competencia el Perú trató de que la Compañía Nacional de Salitres extienda sus operaciones al litoral boliviano, mediante el desalojo de las empresas ahí instaladas. El hermano de Henry Meiggs, Juan Meiggs, se presentó en las licitaciones que periódicamente realizaba el gobierno boliviano, a fin de ganar el derecho a las salitreras bolivianas y traspasar luego sus derechos a la compañía peruana. Esta labor de hormiga quedó, sin embargo, interrumpida cuando en 1878 el gobierno boliviano de Hilarión Daza decretó el impuesto de los diez centavos. LOS FERROCARRILES Y LA PROLONGACIÓN DE LA CRISIS FISCAL Al amparo del contrato Dreyfus el gobierno peruano realizó varias operaciones de endeudamiento en el mercado financiero europeo entre 1869 y 1872, que dejaron al tesoro público comprometido con la suma de 36 millones de libras esterlinas. El presupuesto anual de la república se calculaba por entonces en unos seis millones de libras esterlinas, de modo que el tamaño de la deuda lo superaba en seis veces. A lo largo de la historia de la república la deuda externa nunca más ha tenido ese tamaño (hoy, comienzos del siglo XXI, es más o menos equivalente a solo un año de presupuesto). El destino de ese dinero fue sobre todo la obra de los ferrocarriles; una parte menor se destinó a obras de irrigación en la costa y a otras obras públicas. Si los ferrocarriles hubiesen producido ganancias suficientes, con ello podría haberse pagado los intereses de la deuda y efectivamente podríamos haber convertido, como clamara Pardo en sus escritos desde el valle de Jauja, el guano en caminos y locomotoras de hierro que facilitasen el comercio y estimulasen la producción. Pero esto no sucedió. Se emprendió una decena de líneas férreas simultáneamente y únicamente pudo concluirse una, económicamente quizá la menos útil: la línea Mollendo161
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