«La expropiación no logró alcanzar sus objetivos. La crisis financiera y la caída en las ventas de guano no fueron contenidas. Tampoco se reinició el pago de la deuda [externa]. Aunque los ingresos procedentes del salitre tal vez estabilizaron la posición financiera en 1877 y apuntalaron el crédito del Perú, fueron pocos los beneficios tangibles experimentados antes de la Guerra del Pacífico. En términos puramente financieros, el control gubernamental logró menos [de lo que hubiera logrado] un juicioso impuesto a la exportación. El Perú recibió poco fuera de los adelantos mensuales y dinero en efectivo con que pagar los certificados de salitre. Se vio cargado desde el principio con nuevas obligaciones, compensaciones a los propietarios y generosas comisiones que eran un drenaje persistente de sus recursos, en un momento en que otras cosas presionaban para que se las tuviera en cuenta. El interés de los certificados salitreros por sí solo absorbía 2 LE por cada venta de la sal. Había también problemas organizativos. La administración pública peruana era tradicionalmente corrupta y poco fiable. […] Y entonces fue que colapsó el delicado equilibrio entre la oferta y la demanda que Perú había intentado crear. La suma de los productores peruanos y de Bolivia, y unos generosos contratos de producción, generaron un exceso de oferta. Los precios inflados y los problemas que enfrentaban la agricultura británica y europea redujeron el consumo. […] Pero de otro lado, dado el problema financiero peruano ¿qué alternativas había? Las rentas procedentes del guano, casi íntegramente aplicadas a la deuda externa y a conservar su crédito internacional, venían sufriendo con la competencia del salitre. No había ninguna razón por la cual la industria del salitre no debiera contribuir al apremiado tesoro nacional, ni tampoco por la cual el Perú no se beneficiara con el desarrollo de sus recursos naturales o ejerciera un control más estricto sobre ellos. Simplemente haber elevado los impuestos habría provocado las protestas airadas de los salitreros y puesto en peligro un mercado de fertilizantes sensible a los precios. Un control pleno del salitre, con una compensación adecuada, era algo bastante sensato visto desde varias perspectivas. El pago regular de los certificados resultaba aceptable para muchos propietarios, como lo fue para Antony Gibbs. No tendría por qué haber dañado aún más el crédito nacional y podría haber permitido una política conjunta de salitre-guano. La expropiación podría haber tenido éxito de no haber sido por factores que estaban fuera de control del Perú. Si los mismos agricultores británicos no anticiparon la crisis de 1877-1879, agravada por un clima adverso, no resulta realista esperar que el Perú lo hiciera. Tampoco podía impedir la producción de Bolivia. Y en 1879 realmente no quería la guerra, pero parecía incapaz de evitarla». Robert Greenhill y Rory Miller (en Miller, 2011, pp. 64-65). A través de los bancos creados en Lima durante la bonanza guanera de los años de 1860, algunos consignatarios del guano habían iniciado una participación en el negocio del salitre. Aunque la expropiación podía saberles mal, este sinsabor podría mejorar sustancialmente si la incautación era compensada monetariamente por el gobierno peruano y si, además, ellos eran luego contratados como consignatarios del salitre. 159
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