por la vía marítima. En torno al salitre se creó una burguesía en el sur del Perú, rival de la de Lima, que hallaría en caudillos como Nicolás de Piérola a su valedor político. La «cuestión del salitre» fue el gran tema del debate público entre los años de 1872-1877. Una de las posturas era que, dado que como fertilizante se trataba de un producto rival del guano, debía dársele el mismo tratamiento, esto es: transformarlo en un estanco o monopolio público, lo que suponía expropiar a los empresarios que habían desarrollado la industria. Así, el Estado peruano podría manejar la competencia entre ambos fertilizantes y no verse perjudicado cuando las ventas de salitre hacían caer el precio del guano. La otra postura, en sintonía con las ideas del liberalismo, señalaba que la creación del estanco del salitre sería ahondar más la herencia de un patrimonialismo fiscal que debía desterrarse. De acuerdo con esta postura, al Estado no le competía producir y comercializar bienes, sino promover que los particulares lo hagan y cobrarles un impuesto a sus ganancias a cambio de esta promoción y de la protección que les dispensaba. Lo que cabía, para ellos, era instaurar un impuesto a la exportación del salitre, pero no su expropiación. Otra diferencia entre el guano y el salitre era que en 1842, cuando el guano fue estancado, apenas si existían empresarios del guano y no habían desarrollado inversiones importantes, puesto que no hacía falta montar una infraestructura para su extracción o procesamiento, si apenas alguna para su embarque. En cambio en 1873 sí existía una clase de empresarios salitreros, con influencia económica y política como para montar una revolución. Varios de ellos eran extranjeros provenientes de poderosas naciones, como el Reino Unido, que podía plantear enérgicos reclamos si sus súbditos eran atropellados en sus derechos. La oligarquía limeña finalmente se inclinó por la expropiación, puesto que así no solo se desharían de un incómodo rival político, sino que, en virtud de su control del Estado, conseguirían adueñarse de una buena parte de la renta del salitre, tal como lo habían hecho en el pasado con el guano. El Estado peruano carecía del personal y la organización para dirigir la industria del salitre por sí mismo, por lo que cedería el papel de productor y comercializador a los particulares y poca duda cabía de que los elegidos serían los antiguos consignatarios del guano (véase el siguiente recuadro). La expropiación del salitre evaluada por los historiadores 158
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