El aprendizaje de la libertad

correspondió a una edad oscura, en la cual el pueblo «peruano» fue oprimido y expoliado por una raza extranjera que carecía de los atributos de la peruanidad; mientras la independencia representaba la liberación nacional, en la que se ponía fin al dominio extranjero sobre los «peruanos» y se recuperaba la autonomía de una nación soberana. Los historiadores Mark Thurner y Joseph Dager han resaltado, sin embargo, las dificultades que estos primeros historiadores tuvieron para adecuar el guion del romanticismo a las circunstancias de la historia peruana. Quienes habían roto con la dominación extranjera no eran los líderes nativos o sus descendientes, sino los vástagos de los conquistadores; la lengua y las institucionales nacionales básicas, como la religión, siguieron siendo las impuestas por el supuesto poder opresivo de los extranjeros. Estas contradicciones procurarían ser resueltas por la siguiente generación de historiadores que veremos en los próximos capítulos. EL DESAFÍO A LOS CONSIGNATARIOS En el inicio de 1869 el gobierno de José Balta nombró ministro de Hacienda al joven (tenía apenas 30 años de edad) arequipeño Nicolás de Piérola, en reemplazo de Francisco García Calderón, un emblemático representante de los intereses de la oligarquía guanera y financiera de Lima. El carácter relativamente cerrado del grupo gobernante, hizo que la secuencia padre ministro-hijo ministro sea una figura habitual en la política peruana. Piérola era hijo de un homónimo personaje que se había desempeñado asimismo como ministro de Hacienda, durante el gobierno de José Rufino Echenique (1851-1855). La gestión de Piérola, quien en los cuarenta años siguientes se convertiría en el azote de la oligarquía limeña, mostró más independencia del grupo de consignatarios del que estos habían previsto. Con el fin de beneficiar los intereses de la hacienda pública, suscribió el polémico contrato Dreyfus en julio de 1869. Este contrato entregaba la administración del guano a una sola firma afincada en Francia, la de los hermanos Dreyfus, la que extraería y vendería el fertilizante en todo el mundo. La ganancia para el Perú era que, por tratarse de un monopolista, debía conseguir mejores precios que en el escenario vigente de varios contratistas. Adicionalmente, la casa Dreyfus remesaría mensualmente al tesoro público la cantidad de 700 000 soles, suma que permitiría cubrir la planilla de gastos fijos de la nación. No se fijaba un plazo de vigencia del contrato, sino una cantidad de guano, que 149

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