El aprendizaje de la libertad

prueba bastante la declaración de tres testigos, según exije el código en los juicios civiles ante los tribunales. Es innecesario decir que en materia de tanto interés como la improvisación de la fortuna sin trabajo i a espensas del tesoro público, nada había de ser mas fácil en Lima i en cualquiera parte, que presentar, no tres, sino trescientos testigos en apoyo de las demandas. Así es que al amparo de la lei, se principió a entrar a saco en el Erario, dando uno de los mas formidables asaltos de que puede haber memoria en país alguno. Fue ese el primer verdadero período de la edad de oro de los usureros i los merodeadores en las finanzas peruanas. La primera reclamación presentada al Ministerio de Hacienda, fue la de un industrial (el mantequero Aparicio, compadre del doctor Herrera), i subía a doscientos cuarenta mil pesos. Cuando hubo leído el expediente, el ministro Mendiburu dijo: “Me dejaré cortar la mano derecha ántes que firmar semejante iniquidad.” Sin embargo, firmó i reconoció ciento sesenta mil pesos. Hé aquí la esplicación que dio a sus amigos: “Fui a ver al Presidente, dijo, para impedir que consintiera el pago de la reclamación; pero Herrera le había arrancado ya la promesa, i la cosa no tenía remedio. Pero como a mí me habían ofrecido ochenta mil pesos si firmaba el decreto, he renunciado a mi parte en favor del Estado, firmando solamente por ciento sesenta mil pesos. ¡Es tan débil este Echenique con sus amigos!”. Después de este escándalo, ya no hubo número para contar los que siguieron. Se pagaba a peso de oro cualquier espediente antiguo de los archiva dos en las escribanías, para conseguir siquiera una hoja de papel sellado de 1821 a 1826, en el cual forjar un documento con la firma de San Martín, de Arenales, o de cualquiera de los que figuraron en la guerra de la independencia. Un pillete bien conocido desde sus primeras mocedades, i que hacía de corredor de estas reclamaciones, llegó a establecer algo como una verdadera oficina de falsificación de créditos; i como muestra voi a referir uno de los casos en que lució sus talentos i su influjo». Arnaldo Márquez (1888, pp. 22-23). Vale la pena detenernos en estos últimos dos ítems que, de acuerdo con los estimados de Hunt, resultaron de los más importantes destinos del dinero estatal del guano. En ese entonces, fuera del Estado (y de los capitales o tierras puestos a «censo», perseguidos por la legislación liberal) no existía prácticamente ninguna entidad que garantizase un abono mensual regular y continuo. Los militares y burócratas, cuyo número acreció junto con el presupuesto de la república, crearon el embrión de lo que sería un mercado de asalariados en el país. En épocas anteriores el mercado interno no se había podido desarrollar por la falta de un número suficiente de personas con poder de compra. Los comerciantes ingleses que en 1821, con sus barcos cargados de mercaderías, aguardaban el desenlace de la independencia, para aprovechar la crema del mercado apenas terminase el monopolio de los españoles, aprendieron, con la 129

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