interés por los asuntos públicos, aspiraciones de progreso individual y colectivo y aprecio por la paz, el orden y el cumplimiento de la ley, en la medida que resultaban beneficios para lo segundo). Una barrera para la llegada de tales inmigrantes, sobre todo los de la Europa del Norte, eran sus creencias religiosas, distintas del catolicismo. El hecho de que la Constitución más importante del siglo XIX, por su larga vigencia, la de 1860, permitiera la libertad de creencias de manera solamente discreta, e individual, al tiempo que entregaba al conjunto de la nación peruana al credo católico, nos hace ver la fuerza que aún mantuvo la Iglesia católica por entonces, la que se veía respaldada en la popularidad de la religión traída por los españoles en todos los estratos sociales y especialmente dentro de la élite. El propio diputado Francisco Lazo, de ideas liberales, votó contra la libertad de cultos, y explicó que lo hizo por la mayúscula oposición que habría habido contra el liberalismo, de haber promovido una causa que en ese momento resultaba correcta políticamente, pero solamente para una élite intelectual. En el campo social los liberales denunciaron la situación de los indios, con quienes las autoridades locales cometían abusos, tales como obligarlos a realizar trabajos en provecho, a veces público, pero frecuentemente también en beneficio puramente personal de la autoridad, o verificar pagos en dinero o especie, que no eran legales aunque sí formaban parte de la costumbre. La abolición del tributo que los agobiaba desde la época de los encomenderos, sino antes, trató, precisamente, de poner término a una imposición legal que daba pie a tales atropellos. Sin embargo, aunque esta abolición benefició en el corto plazo a los indios, puesto que alejó de ellos a los recaudadores mestizos y a las autoridades que los oprimían, tuvo efectos ambiguos en otros aspectos. Libres del tributo, los indios perdieron importancia para el gobierno, puesto que dejaron de ser una fuente de dinero fiscal, y dejaron de involucrarse en el mercado laboral y en el de productos, al no tener ya la obligación del tributo en moneda. Esto los aisló de la política y la economía nacional. Los derechos de los indios fue otro de los temas que introdujo el liberalismo peruano de la era del guano, hasta el punto de haber conformado la Sociedad Amigos de los Indios en 1867, fundada, entre otros, por Narciso Aréstegui —autor de la primera novela indigenista peruana, El padre Horán—, Baltazar Caravedo, José Casimiro Ulloa, Manuel Amunátegui y Juan Bustamante. En las convenciones y congresos nacionales que llevaron a la redacción de las constituciones de 1856 y 124
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