El aprendizaje de la libertad

En países como el Perú, la «raza» no se reducía a estas características de la fisonomía de las personas, sino que se asociaba a su origen histórico (los blancos eran los descendientes de los conquistadores españoles o de los inmigrantes europeos que eran sus pares, mientras los indios eran descendientes de los pueblos conquistados, y los negros eran esclavos o sus descendientes), a sus competencias (los blancos eran hombres alfabetos y presumiblemente diestros en tareas que demandaban razonamiento y abstracción, mientras los indios y negros eran analfabetos y aptos básicamente para el trabajo físico, sea en medios fríos, aquellos, o en cálidos, estos) y a una determinada cultura (los blancos participaban de la cultura urbana, ilustrada y cristiana, heredada de Europa, mientras los indios y negros padecían la cultura rural, fetichista y llena de supercherías legadas por sus creencias religiosas previas). En el Perú, como en el resto de América Latina, «el origen europeo de las personas es título de nobleza», sentenció Flora Tristán en sus Peregrinaciones de una paria (1838). Después de la independencia y de la instauración de las repúblicas la jerarquización de la población según la raza no fue en América Latina tanto un asunto legal, cuanto social. Pertenecer a la raza blanca dotaba a los hombres de prestigio social, lo que les confería una ventaja para la lucha política, los puestos laborales mejor remunerados y los matrimonios más ventajosos. La lucha del liberalismo en América Latina se estrelló en este terreno contra una muralla difícil de vencer, especialmente en países como el Perú, donde los blancos eran una minoría. Uno de los elementos que complicaban esta lucha era que como el liberalismo era una doctrina europea, sus seguidores en el Perú solían ser descendientes de los europeos, o personas que, en virtud de su fortuna social y económica, habían tenido la suerte de educarse en Europa o en contacto con europeos; es decir, la élite privilegiada de la nación. En Europa, quienes abrazaron el liberalismo fueron casi siempre representantes de las burguesías emergentes, que debieron enfrentarse a una aristocracia conservadora, que los veía como arribistas vulgares. Pero ¿qué podía ocurrir cuando los hijos de la propia aristocracia se volvían liberales? ¿Cabría esperar que luchasen por desmontar sus propios privilegios? El resultado en el Perú fue un liberalismo «descafeinado»; vale decir, privado de sus ángulos más incisivos y corrosivos del antiguo régimen. El liberalismo fue enarbolado entre nosotros para clamar por el respeto a la ley como base para el bien común; para reducir a los militares a sus 113

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