varones; y las instituciones como la Iglesia, la nobleza y las comunidades agrarias, que en la práctica resultaban las defensoras de las tradiciones, sobre todo de aquellas que garantizaban su existencia y sus derechos adquiridos. La independencia de las colonias hispanoamericanas y la instauración en ellas del modelo republicano fue uno de los triunfos del liberalismo en el mundo. Pronto se descubrió, como vimos en el capítulo previo, que este modelo tenía serios problemas para adaptarse en el seno de países cuya población mantenía una organización jerárquica, ya no solo sobre la base de la ley y las costumbres, como en Europa, donde los títulos de nobleza de unos los ponían por encima del resto, sino a partir de lo que en ese entonces se llamaba la «raza»; vale decir, los caracteres fenotípicos de color de la piel, rasgos faciales, tipo de pelo, etcétera, que diferencian fisonómicamente a los pueblos criados en distintos ambientes climáticos del mundo (véase el siguiente recuadro). La difícil transición de una sociedad de razas a una sociedad de clases «Seguidores de la ideología liberal, los dirigentes de la época organizaron una estructura social basada fundamentalmente en los factores de clase, entendidos estos como aquellos elementos que podían ser adquiridos a lo largo de la vida. Por ejemplo, tanto la riqueza como la educación fueron consideradas en las diversas constituciones como elementos que permitían a los varones participar de la contienda política como electores o candidatos. Esta tendencia liberal en la legislación se implementó al mismo tiempo que la sociedad peruana, especialmente en la costa, construía una sociedad cada vez más mestiza que favorecía el ascenso social. Este proceso se efectuó gracias a la difusión de un pensamiento que favoreció el mestizaje bajo la ideología del “blanqueamiento”, la cual consistía en aceptar la mezcla racial si esta se orientaba a eliminar los vestigios de sangre india o negra presentes en la población peruana. Tal planteamiento promovía y justificaba los proyectos de inmigración europea […]. Un diplomático francés, a mediados del siglo XIX, señalaba claramente que en la ciudad de Lima, a pesar de la igualdad republicana, el prestigio de la aristocracia de piel blanca se había mantenido intacto. Quienes eran percibidos de esa manera despreciaban a los mestizos, indios y negros y, de acuerdo con Botmiliau, mantenían con cuidado su distancia con ellos. Por esta razón la solución que se imaginaron fue la de un mestizaje “nuevo”, la de esta élite con blancos inmigrantes, es decir, un “blanqueamiento”. Los indios solo podrían participar en este proyecto de nación en cuanto dejasen de ser indios y se convirtiesen en mestizos, mientras que los negros y chinos no tenían futuro en esa modernidad». Jesús Cosamalón (en Contreras, 2014, pp. 233-234). 112
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