nerviosa y pintoresca de una lucha de clases desatada por los intereses materiales o económicos. La lucha por la representación, por el dominio del Estado y por implantar modelos de sociedad que parecieron a los hombres del XIX los ideales o más aplicables a nuestra realidad resultaban procesos que tenían su propia lógica y sus propios resortes. Otros historiadores, como Nelson Manrique, Nils Jacobsen y Cecilia Méndez revelaron el protagonismo del campesinado como un personaje mucho más activo en las luchas políticas del siglo XIX de lo que habían supuesto sus colegas anteriores. Carmen McEvoy ha sido la más prolífica y quizá quien mejor representa esta nueva historiografía centrada en lo político, que ha venido a aportar una nueva visión del siglo XIX. Según sus trabajos reunidos en libros como La utopía republicana (1997), Forjando la nación (1999) y En pos de la república (2013), la dinámica política en el Perú del siglo antepasado estuvo marcada por la ideología del republicanismo. Esta era una rama del liberalismo que se proponía forjar un orden social y un sistema político en el que primaran la igualdad de derechos entre los hombres, aboliendo todos los privilegios derivados del origen social, la casta o la tradición y el gobierno estuviera a cargo de hombres o partidos que compitiesen lealmente por el voto de los ciudadanos en procesos justos y transparentes. El sistema de la república demandaba nuevas virtudes en los hombres. En vez de la fidelidad, lealtad o la compasión, se exaltaba el espíritu industrioso, el amor al trabajo, al orden, al cumplimiento de la ley y al progreso. La lealtad al rey o a Dios debía ser reemplazada por el respeto a la ley y el compromiso con la patria, al tiempo que la religión pasaba a ser un tema de la moral privada. De acuerdo con McEvoy, la lucha por la independencia estuvo guiada por el ideal republicano, y aunque no fue interno el primer impulso por la independencia, no pasó mucho tiempo para que las ideas republicanas encontrasen adeptos entre los peruanos, quienes con su ardor por ellas parecían compensar el retraso en asumirlas. Frente a estos propósitos se erigían, sin embargo, formidables vallas, como eran los valores del antiguo régimen, la cultura de la prebenda y la argolla de los privilegiados en una sociedad jerarquizada como la legada por la era colonial. Los ideales republicanos se encarnaron en diferentes personajes como Bernardo Monteagudo José Faustino Sánchez Carrión, Juan Espinoza, Juan Bustamante o Manuel Pardo, mientras los defensores del antiguo régimen lo hicieron en los caudillos militares como Ramón Castilla, quien habría 10
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