El aprendizaje de la libertad

burguesía; vale decir, en una clase social que dirigiera la modernización del país hacia el capitalismo al remover las prácticas feudales heredadas del periodo colonial. Pero su estrechez de miras, sus raíces rentistas y su cultura de antiguo régimen impidieron esa metamorfosis, y la rana no pudo transformarse en príncipe. La guerra de 1879 fue nada más el corolario de una derrota social y política que había comenzado a gestarse mucho tiempo atrás. Fue el castigo recibido por un grupo social incapaz de haber asumido su «tarea histórica» de liquidación del precapitalismo. La recuperación relativamente rápida del país en la posguerra del salitre fue obra del imperialismo británico y norteamericano que, incursos en la segunda revolución industrial, trasladaron a nuestro suelo capitales y tecnología que elevaron rápidamente los niveles de la producción minera y agraria. Esta forma de entender el siglo XIX comenzó a ser criticada y demolida por una nueva historiografía surgida desde finales de la década de 1980, cuando la crisis económica más devastadora del siglo XX, aliada con la rebelión armada y los sabotajes y asesinatos «selectivos» de Sendero Luminoso, empujaron a una nueva mirada del proceso económico y político del país. La «dependencia» económica y la desigualdad social podían ser criaturas indeseables, pero las medidas tomadas para conjurarlas podían producir un verdadero infierno, que hacía añorar a las personas los tiempos dorados de la República Aristocrática en que, si no había justicia económica y social, al menos había paz y el gobierno se comportaba de forma predecible y ordenada. Historiadores como Alfonso Quiroz y Felipe Portocarrero rescataron la imagen de la élite económica peruana de la época de la reconstrucción de la posguerra del salitre y los años previos a la Primera Guerra Mundial, y destacaron sus esfuerzos para reconstruir una economía abatida, sin contar con la colaboración del Estado y debiendo enfrentar la competencia del capital extranjero. No era la élite dominante nativa, sino el Estado, capturado por caudillos militares y camarillas civiles corruptas, quien había padecido la estrechez de miras y la falta de sentido de sus tareas históricas. La nueva historiografía significó también una revalorización de la historia política e intelectual. Figuras como Cristóbal Aljovín, Hugo Pereyra y Carmen McEvoy comenzaron a estudiar las elecciones, las constituciones, los partidos políticos y las ideas políticas del siglo XIX, con la convicción de que, en contra de lo que la historiografía marxista había predicado, el proceso político no era solamente una expresión 9

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