La disminución de los ingresos fiscales había sido en parte una política deliberada del Estado. Debido al sentimiento de agobio fiscal percibido por buena parte de la población del virreinato en las últimas décadas de la dominación española, y a la propia propaganda patriota que había denunciado las exacciones fiscales como un abuso intolerable de los gobiernos virreinales, la opinión pública peruana había terminado asociando los impuestos con el colonialismo, y, consecuentemente, a la libertad y a la independencia, con una baja presión fiscal. Si alguna recompensa concreta esperaba la población por la conquista de la independencia, esta era el fin de las imposiciones fiscales, o, por lo menos, de aquellas, como la alcabala, percibidas como las más gravosas e inicuas. El propio general San Martín abolió, en medio de la guerra de independencia, el tributo indígena, aunque el gobierno bolivariano que lo sucedió hubo de restaurarlo con la finalidad de reunir los fondos necesarios para culminarla. Con este mismo propósito los gobiernos de ambos caudillos concertaron préstamos en el mercado financiero británico por un total de casi dos millones de libras esterlinas, que al cambio con el peso montaban unos diez millones de la moneda nacional, suma que representaba tanto como dos presupuestos de la república. El segundo préstamo fue concertado en 1825. Los nuevos líderes habían descubierto que más rápido y fácil que cobrar impuestos o imponer contribuciones era contratar préstamos en el extranjero. Nada más en el año siguiente el gobierno dejó de cumplir con el pago de los intereses de esta deuda; en parte por las estrecheces fiscales; en otra, porque era tiempo de aprendizaje y los flamantes gobiernos republicanos aún no tenían claro qué podía pasar cuando un país dejaba de cumplir sus compromisos financieros. Después de todo, los préstamos no los había hecho el gobierno británico ni poderosos bancos de dicho país, sino algo menos amenazante, como simples ciudadanos británicos que se habían arriesgado a creer que el gobierno peruano podría, o querría, cumplir con los pagos. Los gobiernos descubrieron que, salvo ácidas misivas, con la suspensión de pagos no pasaba nada grave en el corto plazo, aunque sí en el largo: no habría posibilidad de nuevos préstamos. Pero esa restricción la tendría que sufrir el siguiente gobierno. Para la población peruana este fue un defecto del sistema republicano: los gobernantes evaluaban las consecuencias de sus acciones en el estrecho espectro de su periodo de mando. La noticia del incumplimiento (o default, como se le llamaba en la jerga financiera en inglés) se transmitía rápidamente a los mercados financieros importantes y 106
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx