El aprendizaje de la libertad

las empresas foráneas, y que disponían de buenos contactos dentro del gobierno, lograron convertirse en consignatarios titulares de mercados tan importantes como los Estados Unidos, España, Cuba y Puerto Rico. Bajo el lema de que el negocio más importante de la nación debía estar en manos de «los hijos del país» en vez de las de usureros venidos del extranjero que se marcharían una vez llenada su bolsa, consiguieron que, desde 1862, el gobierno desplace a las firmas foráneas de los contratos y se le otorgue la preferencia a ciudadanos peruanos. Fue la hora de los Zaracondegui, los Barreda, los González de Candamo, los García y García, los Álvarez Calderón, los Althaus, los Witt, los Pardo, los Sancho Dávila, los Oyague o los Cossío, entre otros, quienes aprovechando el inmenso mercado abierto para el guano por los consignatarios europeos, montaron sus propias compañías y comenzaron a obtener jugosas ganancias que los convirtieron en una especie de oligarquía económica y financiera. Al sustituir a las firmas extranjeras por los empresarios nacionales, la esperanza del resto de la nación era que las ganancias ya no saldrían del país, sino que se reinvertirían o gastarían en casa. Los años maravillosos para esta oligarquía no duraron, sin embargo, mucho tiempo, porque en 1869, con la firma del contrato Dreyfus, se cancelaron todos los demás contratos guaneros, y el Estado le entregó a la firma francesa la exclusividad de la explotación de las islas guaneras y su comercialización en el mundo entero. El porqué llegó el gobierno a esta determinación tiene que ver con la transformación que había ocurrido en las finanzas del Estado durante la bonanza del guano y con el debate político que desprestigió a los consignatarios nacionales. EL EFECTO DEL GUANO EN LAS FINANZAS DEL ESTADO El dinero del guano convirtió al Estado peruano, como graficó bien el historiador estadounidense Peter Klarén, de mendigo a millonario. Al menos en el contexto latinoamericano. Hasta la década de 1840 los ingresos del Estado habían tenido una tendencia decadente. Habiendo alcanzado en los inicios del siglo XIX, todavía bajo el gobierno español, sumas anuales de casi seis millones de pesos, en la década de 1840 a duras penas se reunían cinco millones de pesos, a pesar de que durante esos cuarenta años la población había aumentado en por lo menos un tercio y de que la moneda de 1840 tenía un poder de compra menor que la de 1800 en más o menos un 20%, a causa de la difusión de una moneda de menor ley de plata, conocida como «feble». 105

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