en muchos sentidos, era tan distinta del modelo europeo y estadounidense en que se habían inspirado los libertadores. Desde que Basadre publicó su primera versión completa de la Historia de la República del Perú, en el inicio de la década de 1960, la visión del siglo XIX, naturalmente, ha ido cambiando. Tanto porque las nuevas investigaciones históricas revelaron nuevos hechos y, sobre todo, nuevas ideas en el pasado, cuanto por la tendencia de los historiadores a reflejar en su mirada del pasado los traumas u obsesiones de la época que les ha tocado vivir, o a trasladar al pasado los dilemas que su sociedad enfrenta. En las décadas de 1970 y 1980, la historiografía se inclinó hacia el estudio de temas económicos y sociales, como el proceso del guano, la formación de los latifundios agrarios, las condiciones de vida de los trabajadores y el estallido de las rebeliones sociales. Un libro de referencia de esta tendencia fue el que en 1980 publicó Heraclio Bonilla con el elocuente título de Un siglo a la deriva (Lima, IEP). El siglo era, claro, el XIX, cuya importancia el autor remarcaba por haber sido el lapso en el que ocurrió la gran divergencia entre las naciones del norte capitalista y las del sur subdesarrollado. La calificación de siglo «a la deriva» quería subrayar la falta de liderazgo y de metas para la nación por parte de los grupos de poder del país. En el XIX el Perú fue, de acuerdo con esta visión, el siglo de las clases dominantes pero no dirigentes. El país habría atravesado la centuria como un barco en el océano sin timón ni capitán, cuyo curso era así impuesto por las corrientes provenientes del exterior, como el naciente liberalismo comercial o el imperialismo británico. El balance del siglo resultaba, desde luego, negativo. En la visión de Bonilla, que fue compartida por buena parte de la historiografía de ese entonces y que hoy conserva un gran arraigo en la población, el país había nacido como nación independiente por la fuerza, debiendo cargar con un destino que su élite nunca había perseguido y para el que, por lo mismo, tampoco estaba preparada. La anarquía de los años iniciales de la república expresaba la escasa maduración para la emancipación que existía en el país y las sinuosas maniobras de acomodamiento que debieron hacer los grupos sociales en la nueva situación. Hasta que, literalmente caída del cielo, llegó la oportunidad del guano de las aves. Las exportaciones de guano le dieron al precario Estado y a la élite heredera del poder de los virreyes la oportunidad de contar, durante un periodo relativamente largo, con recursos económicos abundantes. Para Bonilla, fue la ocasión en que dicha élite pudo haberse transformado en 8
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