Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

María Teresa Medeiros-Lichem 559 des-esencializante y estar abierto a su multiplicidad.14 En su ensayo “La cocina de la escritura”, Rosario Ferré pregunta: ¿Existe una literatura de mujeres, radicalmente diferente a la de los hombres? ¿Y si existe, ha de ser ésta apasionada e intuitiva, fundamentada sobre las sensaciones y los sentimientos, como quería Virginia [Woolf], o racional y analítica, inspirada en el conocimiento histórico, social y político, como quería Simone [de Beauvoir]? (González y Ortega 1985,152) Ferré narra su experiencia personal con la escritura de su primer cuento “La muñeca menor”, donde había querido escribir sobre un tema mundano de una manera objetiva, sobre la decadencia de una clase social tradicional edificada en valores familiares que han sido reemplazados por los de una generación sin escrúpulos guiada por intereses utilitarios, pero el resultado fue una historia de amor y frustración, con un personaje ‘femenino’ pasivo e incapaz de superar su destino, imbuida de un aire de derrota que la autora había querido evitar. De esta lección, ella aprende a dar a sus heroínas mayor independencia, coraje y una actitud positiva. Ferré pregunta: ¿debe una escritora defender los valores femeninos tradicionales en la expresión convencional de una escritura armoniosa y graciosa, o debe crear una literatura que sea “combativa, acusadora, incondicionalmente realista, e incluso obscena?” (González y Ortega 1985, 152). La respuesta de Ferré es clara. Un texto no tiene sexo, lo que importa es escribir bien. Es inútil debatir si existe o no una escritura femenina. “Sospecho que no existe una escritura femenina diferente a la de los hombres,” postula, “lo más lógico me parece insistir en la existencia de una experiencia radicalmente diferente” (González y Ortega 1985, 153). Un aporte interesante a la discusión sobre la especificidad de la escritura femenina planteó Marta Traba en su desafiante “Hipótesis sobre una escritura diferente” (González y Ortega 1985, 21–26) donde define un texto femenino como aquel que ocupa un espacio diferente. Traba rechaza la polarización y las connotaciones binarias que asocian a la mujer con naturaleza, con sensibilidad, con el sistema glandular o con la experiencia vivida. Basada en un análisis de textos femeninos representativos de Clarice Lispector, Rosario Ferré, Elvira Orphée, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska y Laura Antillana, entre otras, su controvertida hipótesis propone que los textos femeninos no siguen los cánones literarios establecidos y que presentan un encadenamiento de sucesos sin contenido simbólico. No interpretan sino que explican el universo. La realidad y la ficción se entremezclan con la consecuente pobreza metafórica. El uso frecuente de detalles las acerca más al cuento popular que a la construcción simbólica y las estructuras están más relacionadas con la oralidad en sus repeticiones, sus finales cerrados y sus interrupciones explicativas.15 14. Para una exposición detallada de las discusiones ver la Introducción de Patricia Elena González, en González y Ortega 1985, 13–17. 15. Hago una paráfrasis de su texto, donde ella enumera cinco características, de las cuales la primera y la tercera son particularmente relevantes puesto que cuestionan la habilidad de las mujeres escritoras para producir un texto a nivel del orden “Simbólico”: “(1) Los textos femeninos encadenan los hechos

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