Congresos iniciales de la escritura y crítica feminista latinoamericana: Hitos y postulados preliminares 558 de subordinación y marginalidad, una afirmación consciente de la experiencia femenina y del erotismo, y un compromiso con una escritura femenina que se propone “capturar el otro sello de la realidad…” para “narrar nuestro cuerpo, nuestra rebelión y nuestra ira” en un lenguaje considerado inapropiado de una mujer “decente”. Guerra sugiere que las mujeres jueguen el papel invertido de crear arquetipos masculinos desde la “sombra oscura del inconsciente colectivo femenino.”12 El “Manifiesto estético” de Guerra reproduce conceptos del postestructuralismo y de teorías francesas en su rechazo a los parámetros falologocéntricos y en su tono denunciatorio del sitio asignado a las mujeres en el orden simbólico. Su llamamiento a una nueva conciencia en las mujeres escritoras para crear una nueva narrativa que escriba el cuerpo y sus deseos ocultos marca un hito importante en la etapa inicial de la formulación de una teoría feminista latinoamericana. Guerra se propone desestabilizar la configuración del pensamiento patriarcal. En ensayos posteriores reorienta su crítica para incluir temas relacionados a las teorías post-coloniales, como por ejemplo, la necesidad de una construcción cultural latinoamericana en un continente con estratificaciones sociales rígidas y con una larga historia de dependencia cultural y política.13 Las conferencias sobre estos temas han proliferado desde entonces. En el encuentro de noviembre de 1983 en Amherst College, al que acudieron conocidas escritoras como Rosario Ferré, Sylvia Molloy, Elvira Orphée, Elena Poniatowska, Marta Traba y autoridades críticas como Sara Castro-Klarén, Josefina Ludmer y Gabriela Mora, se elaboró una literatura crítica básica. Las actas se publicaron un año más tarde en Puerto Rico bajo el título de La sartén por el mango. Encuentro de escritoras latinoamericanas, obra editada por Patricia Elena González y Eliana Ortega. En esta ocasión, el debate sobre la especificidad de la escritura femenina mostró que la categorización en textos escritos por hombres y textos escritos por mujeres es todavía problemática. Alicia Borinsky tilda a esta “crítica reduccionista” de “claustrofóbica” (14). Marta Lugones aboga por la construcción de un canon femenino basado en el descubrimiento de la identidad de la mujer y en la creación de sus propios símbolos. Josefina Ludmer rechaza un “sistema de diferenciación” y la categorización de lo femenino como “esencialista,” ya que, para ella, el pensamiento femenino debería ser 12. Estos pensamientos presentados en 1984, que provienen de una clara herencia postestructuralista, tuvieron importantes repercusiones en otros textos críticos latinoamericanos, como el de Luisa Valenzuela (1986) “El otro lado del falo” que comento en el capítulo cuatro de mi libro citado. 13. Me refiero a sus ensayos “Marginalidad y escritura: aproximación teórica a la narrativa femenina hispanoamericana” (1985); “El personaje femenino y otras mutilaciones” (1986); “Entre la sumisión y la irreverencia” (1987); “Las sombras de la escritura: Hacia una teoría de la producción literaria de la mujer latinoamericana” (1989) y a la “Introducción” a la edición de 1990 del libro titulado Splintering Darkness: Latin American Women Writers in Search of Themselves. Su libro La mujer fragmentada: Historias de un signo que recibió en 1994 el Premio extraordinario de estudios sobre la mujer “Casa de las Américas” es una valiosa contribución para entender la teoría feminista y sus repercusiones en América Latina.
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