Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Lisandro Jesús Solís Gómez 549 Por otro lado, desde la perspectiva del narrador, que de alguna forma lleva al extremo —casi al ridículo— la perspectiva masculina, uno de los aspectos más destacados de este relato es la compleja caracterización física del personaje femenino. Se trata de un ser sumamente pequeño, que se desliza entre los libros, con alas verdes que se encojen como patas de una araña antes de morir, que no vuela, de manos transparentes, frágil, que usa vestido y cadenas, de ojos achinados, que esconde geranios, con boca de niña, de orejillas puntiagudas, con párpados grises, cubierta de sucios andrajos, con zapatos sin tacones, con flores en el pelo larguísimo que se le enreda entre sus piernas y brilla poco antes de morir, con nariz amarillenta, que chilla y grazna, que arrastra los pies, que no camina bien, con ojos lánguidos, con un fluido verde como sangre y con mejillas violáceas61. Como señala el narrador, este personaje femenino es caracterizado como una articulación incoherente de características que no coinciden a plenitud y solo se yuxtaponen una encima de otra. En ese sentido, como indica el narrador, “toda ella [era] un laberinto”62. El personaje femenino surge como una alteridad radical, un otro que no puede ser aprehendido ni por el discurso ni por la razón del narrador, una naturaleza informe, caótica y desconcertante. Este recurso ya había sido empleado por estas escritoras como Clarice Lispector en su famoso relato “La mujer má s pequeña del mundo”. No obstante, es evidente que la autora peruana intenta llevar más allá esta caracterización. La corporalidad que presenta el personaje femenino supone una negación implícita del discurso patriarcal que exige uniformidad y límites rotundos entre los sujetos y cosas. A diferencia del ángel del hogar, que seguía el modelo de ser espiritual y virtuoso, el personaje femenino del relato de Silva Santisteban resulta “grotesco” e incoherente, siempre desde la perspectiva del narrador-protagonista. A esta caracterización polimórfica, que requiere del lector una amplia imaginación para reconstruir al personaje, se debe agregar que este ser es incapaz de hablar: “No sé si no entendía mis palabras o era sorda o no quería escucharme ni comunicarse conmigo, pero nunca emitió sonidos coherentes, solo quejidos graves, opacos”63. Así, esta criatura de esencia fluctuante y arbitraria no es capaz de expresar sus deseos ni tampoco consigue articular un diálogo con el narrador. Esta falta de lenguaje supone también la incapacidad para negociar con el otro. El personaje femenino carece, por lo tanto, de capacidad de decisión y de agencia. Asimismo, detalle que causa aún más sorpresa, tampoco vuela. En el relato se indica que solo una vez lo intentó y que fracasó64, y, aunque no se indica la razón real que se lo impide, se sugiere que el miedo hacia narrador es un factor que considerar. En conclusión, se trata de un ser femenino que carece de voz, rasgo esencial de la especie, y que no vuela, aunque posee alas. 61 La enumeración propuesta se basa en los datos que el narrador ofrece a lo largo del relato. Ob. Cit., Rocío Silva Santisteban. “Rara avis”. Me perturbas. pp. 63-66. 62 Ibídem, p. 64. 63 Ibídem, p. 65. 64 Ibídem, p. 64.

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