Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Lisandro Jesús Solís Gómez 547 acontecimientos, que busca exaltar ante los pares los logros, por insignificantes que estos sean52. En el fondo, la virilidad entendida de esta manera entronca esencialmente en el miedo a perder la estima del grupo y ser excluido de la cofradía de los hombres, aquellos que detentan el poder en sus hogares y, por extensión, en la sociedad53. Desde este punto de vista, ser hombre consiste en asumir un modelo sumamente frágil, “construido ante y para los restantes hombres y contra la feminidad”54. Esta tensión constante en la vida del varón, quien vive preocupado en todo momento de confirmar ante la vista de los otros que es un “hombre de verdad”, determina su conducta hacia los seres que lo rodean. A partir de estas ideas, se puede observar de manera un poco distinta la decisión de construir una voz masculina para narrar la historia. Como se mencionó, se trata de un procedimiento deliberado con el fin de destacar y llevar al límite esta masculinidad patriarcal. En el cuento, el espacio doméstico pone en primer lugar este culto a la virilidad por medio de la construcción de un narrador-protagonista que se esfuerza en destacar, casi al borde de la ridiculez y la parodia, su necesidad de exhibir una masculinidad maciza y frondosa, sin fisuras, que exige el desprecio del otro femenino, y que lo asume como una naturaleza extraña y, en el fondo, especialmente peligrosa. Tal vez por esa razón, la contraparte femenina del narrador aparece como una entidad inaprensible y se niega cualquier comunicación. En este contexto, una manera en la que el narrador expresa esa virilidad autosuficiente que presume es intimidar de forma constante al personaje femenino, a quien desprecia y detesta55. A lo largo del relato, el narrador-protagonista busca amedrentar e imponerse a su par femenino. Por ejemplo, al inicio del relato se indica que “al bajar los ojos para concentrarme nuevamente en la lectura, sentí que se deslizaba entre los libros. Volteé en un movimiento brusco para asustarla. Y lo hice”56. A lo largo de la historia, no se explica cuál es la motivación concreta para este tipo de acciones del narrador-protagonista. Sin embargo, es posible vincularlas con el deseo de demostrar ante los ojos del lector que una masculinidad sólida, plena, segura y autosuficiente, sin fisuras. Desde el punto de vista del autor textual, por el contrario, el mecanismo funciona a la inversa: la exageración del narrador al intentar confirmar su masculinidad de manera vehemente puede ser visto como una parodia del varón en el contexto patriarcal. La constante necesidad de reafirmación de la virilidad establece dentro del espacio doméstico lo que Mariemma Mannarelli denomina la moral de la servidumbre57. Para esta estudiosa, especialmente antes de la intervención del Estado a mediados del siglo XIX, el espacio doméstico se construía según “un patrón particular del ejercicio del poder 52 Ibídem, p. 70. 53 Ibídem, pp. 70-71. 54 Ibídem, p. 71. 55 Ob. Cit., Rocío Silva Santisteban. “Rara avis”. Me perturbas, p. 64. 56 Ibídem, p. 63, cursivas nuestras. 57 Ob. Cit., Mariemma Mannarelli. La domesticación de las mujeres. Patriarcado y género en la historia peruana. Lima, pp. 57-59. La categoría fue elaborada por Guillermo Nugent como señala Mannarelli.

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