Lisandro Jesús Solís Gómez 543 conseguir un trabajo digno, significaba vivir en la indigencia si se trataba de una mujer sola, sin quien vele por ella36. En tal sentido, el hogar se convertía, más allá de toda metáfora, en una auténtica prisión. En el caso del relato analizado, es importante constatar que, desde un comienzo, el espacio doméstico se constituye como un lugar donde predomina la voz de los otros. Desde el principio, cuando se narran los orígenes de la protagonista y la lucha de su madre al intentar educarla de una forma diferente, queda claro que el hogar es, ante todo, un espacio de disciplinamiento, donde se debe imprimir en el cuerpo femenino la “normalidad” de ser mujer, y donde se las formará para conducir este lugar adecuadamente en el futuro. De esta manera, el espacio doméstico servirá para “encargar a las mujeres el cuidado de la prole, y especialmente [el] control de la sexualidad de la descendencia femenina”37. Todo ello supone negar la posibilidad de una mujer que se mueva libremente en el exterior, incluso si posee alas. En consecuencia, pese a que su madre busca que la protagonista aprenda a usar sus alas, “muy a su pesar, no había podido cumplir su deseo. Contra todo su empecinamiento, el resto de la familia, las maestras en la escuela y el mundo en general se habían encargado de mantener las alas de la niña bien sujetas”38. Como se observa, las instituciones y la familia cumplen el objetivo de determinar de qué manera debe usar su cuerpo la protagonista. Dentro de la lógica del relato, al casarse y formar un hogar, la protagonista se condena a limitar sus propias capacidades: “El día de la boda todos la encontraron má s alada que nunca, justamente cuando —cosa curiosa— sus alas eran menos evidentes que en toda su vida”39. Así, las instituciones familiares, que descansan fundamentalmente dentro del espacio doméstico, imponen una serie de restricciones al desarrollo personal de la protagonista. Estas persiguen, como objetivo ú ltimo, controlar su capacidad de “volar”, ya sea con la imaginación, el pensamiento, la acción o la palabra. La casa, entonces, aparece representada como un espacio biopolítico por antonomasia al encargarse de gestionar la vida de la protagonista, como si se tratara de un recurso cualquiera. Además, por más que el hogar llega a ser descrito como un espacio de calma y armonía, la protagonista ve coactada su capacidad de acción en varios momentos. Por ejemplo, su propio esposo, descrito en varios pasajes como un “hombre bueno”40, contribuye, con sus acciones y discurso, a impedir que la normalidad hogareña se vea afectada en alguna medida por los descuidos o desatenciones de su mujer. Se convierte, de este modo, en un garante de que la situación dentro del hogar no cambie, al punto de que la protagonista ni siquiera puede expresarse con libertad: 36 Ibídem, pp. 39-40. 37 Mariemma Mannarelli. La domesticación de las mujeres. Patriarcado y género en la historia peruana. Lima: La Siniestra Ensayos, 2018, p. 69. 38 Viviana Mellet. “La mujer alada”. La mujer alada. Lima: Peisa, pp. 87-91, 1994, p. 87, cursivas nuestras. 39 Ibídem, pp. 87-91, 1994, p. 88. 40 Ibídem, pp. 87-91, 1994, p. 90.
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