Lisandro Jesús Solís Gómez 541 de la protagonista. Es decir, el “desvanecimiento” del personaje se debe principalmente a que no coincide con la imagen ideal de lo que debe ser una nueva/buena madre y ama de casa. La casa exige una serie de valores que suponen que la protagonista deje de ser quien es. A cambio de su nueva familia y del espacio doméstico debe ceder su libertad y autonomía como individuo. En tanto que no consigue convertirse en esa imagen de mujer ideal, el personaje se transforma en algo muy cercano: un ser invisible o, si se quiere, un fantasma. En principio, su metamorfosis no es inmediata; por el contrario, se trata de un proceso descrito con cierto detalle, pese a la brevedad del relato. La narradora comenta, por ejemplo, los cambios iniciales que pudo llegar a percibir cuando descubrió que su cuerpo era autónomo a su consciencia: “Vi mi cuerpo moverse fuera de mí”29. Más adelante, en ese mismo apartado, indica que “estaba echada en la cama de Ignacio cuando vi pasar mi figura lentamente hacia el comedor, jorobada y distante, con los cabellos despeinados colgándome hasta la cintura. Una figura deprimente, pensé”30. Su cuerpo, ajeno a su control, adopta una forma que le genera conmiseración y, acaso, vergüenza. En otras palabras, una de las consecuencias de habitar ese espacio doméstico y de insertarse en las relaciones de poder que este establece es la fractura entre su cuerpo y su mente. Su mente, conforme avanza la historia, irá desgajándose de su corporalidad. Perder el control de su propio cuerpo, entonces, parece ser un efecto de insertarse en su nueva casa. La protagonista intenta aproximarse a su cuerpo a fin de recuperar el control, pero únicamente consigue constatar que comienza a abrirse un abismo insalvable entre ambos. De hecho, casi al final del cuento, se observa cómo su cuerpo la rechaza: “El ú nico problema consistía en la hostilidad de mi figura hacia mí: ella no me permitía observarla y empezó a insultarme”31. En ese sentido, la protagonista solo encuentra refugio al sumergirse en sus propios pensamientos y abandonar todo contacto con el mundo que la rodea. El final ambiguo que propone la narración admite la posibilidad de que el proceso de invisibilización que dice atravesar la protagonista no sea otro que la gradual pérdida de la cordura, lo que la obliga a vivir encerrada en un sanatorio. Resulta curioso que la historia termine con una protagonista que ha perdido su corporalidad y en un encierro absoluto sin posibilidad de desplazarse a otros lugares. La transición entre la casa y el sanatorio, en ese sentido, permite entrever que el primero, desde un inicio, es un espacio peligroso para la protagonista. A diferencia del ángel del hogar, el personaje principal de este cuento se desprende de su corporalidad para convertirse en una suerte de espectro que deambula pendiente del devenir continuo de sus preocupaciones e ideas, ajena al mundo exterior y libre de la casa que intentó someterla. En tal sentido, el cuento, por lo menos parcialmente, dibuja un desplazamiento desde la imagen del ángel hasta la del fantasma, como una suerte de estrategia para conservar su autonomía, pues el personaje principal pierde el contacto 29 Ibídem, p. 95. 30 Ibídem, p. 95, cursivas nuestras. 31 Ibídem, p. 95.
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