Lisandro Jesús Solís Gómez 537 Segú n Thomas Lemke, existe un uso contradictorio del término “biopolítica”17. Para este investigador, este concepto se vincula con tres tradiciones que lo han empleado de forma diversa. Así, Lemke reconoce una primera que se caracteriza por su marcado carácter naturalista, que se vincula al cuidado de la naturaleza, y, en un segundo momento, el aprovechamiento de la tecnología para proteger el entorno natural y repotenciar la producción. Luego, identifica una segunda vertiente centrada en el uso de la ciencia biológica para discernir sobre el comportamiento político de los grupos humanos18. No obstante, el estudioso alemán observa que la propuesta más afortunada y que mayor resonancia ha generado en el ámbito académico surgió a raíz de las ideas de Michel Foucault. En efecto, la categoría de biopolítica, tal como se usa en el campo de las humanidades y las ciencias sociales en la actualidad, fue acuñada por Foucault en el primer tomo de su célebre Historia de la sexualidad, publicado originalmente en 1976. Allí el pensador francés sostiene que habría que hablar de “biopolítica” para designar lo que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos y convierte al poder-saber en un agente de transformación de la vida humana […] Lo que se podría llamar «umbral de modernidad biopolítica» de una sociedad se sitúa en el momento en que la especie entra como apuesta del juego en sus propias estrategias políticas19. Como se observa, en la propuesta foucaultiana, la noción de biopolítica implica, en esencia, un conjunto de cálculos y aplicaciones políticas que actúan sobre la vida ejerciendo su control y (con)formándola según intereses específicos. Si bien luego Foucault enriquecerá esta primera definición, tal como expone con suma claridad Lemke20, la base teórica de este acercamiento inicial, en esencia, se mantendrá vigente a lo largo de su investigación. Debido a que, como se ha observado, la instauración del ángel del hogar obedecía a razones de Estado, pues, de esa manera, se establecía el circuito que aseguraba la (re)producción de buenos ciudadanos, es interesante comprobar que el dispositivo estudiado implicaba también un control sobre la corporalidad femenina al permitir gestionar el uso de su energía vital, cuyo caudal se (in)vertía fundamentalmente en la administración del hogar y el cuidado de sus miembros, y la imposición de un fin último: ser madre. En tal sentido, este dispositivo biopolítico configuraba una “esencia” y moldeaba un “espacio”. El cuerpo de la mujer, en consecuencia, aparece como una materia que debe ser modelada dentro de los límites de la domesticidad. Se puede complementar las ideas de Foucault con lo señalado por Pierre Bourdieu sobre la dominación masculina en sociedades patriarcales. Según el sociólogo francés en 17 Thomas Lemke. Introducción a la biopolítica. México: Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 9. 18 Ibídem, p. 15. 19 Michel Foucault. Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI, 2009, pp. 172-173, cursivas nuestras. Para una reinterpretación del concepto de biopolítica en el ámbito de los campos de concentración y de la política contra la alteridad, se puede revisar Giorgio Agamben. Homo sacer. El poder soberano y la vida desnuda. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2017a. 20 Ob. Cit, Thomas Lemke. Introducción a la biopolítica. México, 2017, pp. 48 y 70.
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