Lisandro Jesús Solís Gómez 535 excepcionales, un ángel, debe asumir “un rol fundacional en la cultura política familiar, esto es: [sic] regenerar hábitos, fomentar amor a la patria, creer y obedecer en la representación nacional, proveer sentimiento nacional, todo ello desde el núcleo básico del hogar familiar”9. Es decir, en este escenario, además de velar por la integridad del hogar, se le asigna un nuevo rol a la mujer en la formación de las naciones latinoamericanas. Son ellas las encargadas de administrar y de construir las familias de las que surgirán los ciudadanos que traerán el progreso y el bienestar para la sociedad. En otras palabras, se ve en la mujer la encargada de asumir la educación de los hombres de la patria desde el hogar: Los discursos sobre la mujer “á ngel del hogar” (Jagoe, Blanco y Henríquez, 1998), el “bello sexo”, alma de la familia y de la sociedad, esa gran “porción de la humanidad” que tanto se había descuidado en el pasado colonial —ángeles que había que modelar— ingresaba al campo programático del Estado moderno mediante un rol educacional10. Este proceso, a mediados del siglo XIX, se consolida en la economía doméstica, mientras se dividía el espacio público y el privado, y se definían de forma estricta (y excluyente) los roles de géneros con miras a “reproducir” y mantener el orden burgués como una concesión de la naturaleza humana. Según Torres-Pou, las características del ángel del hogar, tal como era concebido en el ideario de las sociedades patriarcales, eran básicamente cinco11. En primer lugar, se consideraba que la mujer era un ser “má s natural”, con una pureza innata y marcado por la ignorancia, que le impedía encargarse de los asuntos públicos. En segundo lugar, se asumía que poseía una mayor sensibilidad, por lo que era común que propendiera a las lágrimas y a los gestos de ternura de forma espontánea. En tercer lugar, se caracterizaba por una modestia inherente que era la explicación científica a por qué se mantenía limitada en la esfera doméstica. En cuarto lugar, su naturaleza espiritual le condecía una fuerza benéfica sobre el hogar. Finalmente, su proyección social solo podía lograrse por medio de la intervención masculina: “debido a la imposibilidad de que la mujer actúe fuera del hogar, la proyección de su buena influencia sólo trascenderá el ámbito familiar mediante la acción de su esposo o de sus hijos”12. Estas cualidades connaturales eran las que explicaban el rol de la mujer dentro del hogar. Era ella quien aportaba armonía y comodidad en el ámbito doméstico, debido a su carácter sumiso y abnegado, su incondicional amor hacia sus seres queridos y su papel de primera educadora de sus hijos. De esta forma, el estereotipo del ángel del hogar buscaba definir la conducta apropiada de las mujeres de clase media y alta. Ellas debían seguir un patrón de conducta 9 Ibídem, p. 2. 10 Ibídem, p. 3. 11 En este párrafo, me baso en las ideas de Joan Torres-Pou. “Clorinda Matto de Turner y el á ngel del hogar”. Revista Hispánica Moderna. Número 1, 1990. 12 Joan Torres-Pou. “Clorinda Matto de Turner y el á ngel del hogar”. Revista Hispánica Moderna. Número 1, 1990, p. 4.
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