Mujeres, ángeles y fantasmas. Biopolítica y domesticidad en tres relatos fantásticos de finales del siglo XX 532 escribir como mujer, entonces, no sólo se refiere a tocar temas de mujeres o utilizar el yo en la primera persona del femenino en el texto o plantearse una historia desde el punto de vista de una mujer. Significar desafiar al poder falogocéntrico, en primer lugar, romper con el silencio. […] Una vez fuera del silencio, una vez planteado el espacio de ese otro lugar, es necesario crear otro poder. Considero que ese poder está en la palabra propia (y no apropiada). El hecho de una escritura desde la posición de una mujer debe penetrar también el soporte de la significación: romper con los códigos, infligir las normas, perturbar el signo y establecer la originalidad de una identidad; palabra, subjetivididad [sic] y representación deben desencajar los registros ideológicos y culturales (pre)establecidos para mostrar el otro lado de la unidad lingüística, ese lado que no está amarrado a la economía libidinal de las estructuras patriarcales de la cultura y el signo2. Según la propuesta de Silva Santisteban, entonces, escribir como mujer implicaba, por lo menos, dos operaciones: primero, quebrar el silencio al que había sido condenada la mujer en la historia, tomar el control de la esquiva palabra, y, segundo, asumir la experimentación formal como una estrategia encaminada a desencajar los códigos de la comunicación en los que habían arraigado “las estructuras patriarcales”3. Escribir como mujer, de esta forma, suponía siempre un desafío implícito frente a una sociedad reacia a escuchar la voz del otro femenino. En esa dirección, es importante considerar que algunas escritoras, en la transición entre el siglo pasado y el actual, articularon sus historias a partir de personajes femeninos, quizás en un intento de rescatar/reconstruir un punto de vista distinto al hegemónico. Si bien no se trata de un recurso novedoso, pues ya otros autores y autoras en la tradición literaria nacional habían recurrido a esta estrategia con fines diversos4, es interesante destacar que entre las escritoras del cambio de siglo esta opción supone un esfuerzo por reconfigurar los esquemas estéticos y de percepción tradicionales. Las 2 Rocío Silva Santisteban. “Escribir como mujer”. La insignia, 2001a, cursivas nuestras. Cito de la edición digital, de allí que no se incluya la paginación. 3 Es interesante considerar que esta intervención generará eco en otras escritoras con propuestas que no siempre concuerdan con las ideas de experimentación neovanguardista de Silva Santisteban. Por ejemplo, autoras como Leyla Bartet sentaron posición para afirmar que no existían “rasgos específicos en la escritura femenina”. Otras como Patricia de Souza, por otro lado, insistieron en las tensiones que suponía la creación por la palabra, un ejercicio enfocado en evitar que se disuelva el origen de la voz femenina. Se trataba, según De Souza, en buscar la manera de escribir sin desaparecer. Cfr. Leyla Bartet. “¿Tiene sexo la literatura?”. Quehacer. Número 160, 2006, p. 124 y Patricia De Souza. Eva no tiene paraíso. Ensayo sobre las escrituras extraterritoriales y la autoficción. Lima: Altazor, 2011, p. 26. 4 Cabe mencionar que ya en la década del cincuenta, entre los múltiples seres marginales que aparecieron en la narrativa de los escritores, el personaje femenino ocupaba un lugar relativamente visible en algunos relatos como “Recuperada” (1954) de Sebastiá n Salazar Bondy o “La tela de araña” (1955) de Julio Ramón Ribeyro, así como en la novela No una, sino muchas muertes (1957) de Enrique Congrains. Lo cierto es que la narración centrada en personajes femeninos se volvió un recurso importante mucho antes gracias a la labor de la primera generación de mujeres intelectuales en el Perú, entre las que destacaron Clorinda Matto de Turner o Mercedes Cabello. Estas escritoras propusieron personajes femeninos que, a veces, de manera sutil, cuestionaron la situación de exclusión y sometimiento que vivían las mujeres de ese entonces, siempre sobre la base de agendas políticas distintivas y enmarcadas en un contexto muy diferente al de cien años después.
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