Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Sofía Pachas Maceda 423 líneas de acción que no son esperables para ellas (8). Al respecto, no es casual que Belvedresi mencione como ejemplos de esas inesperadas incursiones femeninas a las luchas por el sufragio y las jornadas laborales. Un mes antes de la huelga de las telefonistas fue publicado el artículo “La movilización política de las mujeres”, del poeta indigenista y periodista cajamarquino, Nasario Chá vez y Aliaga. En dicho texto, su autor reflexionó sobre la capacidad de las mujeres “prontas a convivir las luchas del proletariado y a ofrecer a él sus reservas de energías pero abominables exclusivismos, vetustos privilegios […] han impedido que la mujer participe, de modo alguno en la contienda social” (11) Interesante postura que critica las ideas prejuiciosas dentro de las organizaciones de trabajadores y que bien podría tener origen en un reclamo social que acababa de suceder en otro lugar del mundo y cuyas noticias, sin duda, llegaron a oídos de un hombre ilustrado como Chávez. Se trata de la huelga de telefonistas en Madrid, iniciada el 4 de julio de 1931 y que es considerada como uno de los primeros conflictos de carácter social importante que tuvo que hacer frente la Segunda República Española (De la Cruz 2015). Por su parte, en Latinoamérica, previo al reclamo de las telefonistas limeñas, se tiene noticias de dos huelgas: la llevada a cabo en Uruguay en 1922 y la de Bogotá en 1928. Esta última, de seis días, contó con un apoyo decisivo de la ciudadanía, que contribuyó aportando dinero, difundiendo carteles e, incluso, al “bloquear la entrada de las instalaciones de la Compañía” (Felacio 45). En tanto, con sus respectivas particularidades, la huelga de telefonistas uruguayas tuvo mayor cercanía con la de Lima, pues fue una líder feminista, Paulina Luisi, quien fundó la Unión Nacional de Telefonistas. Esta huelga contó con el apoyo de otros sindicatos y duró más de un mes (Yael y Darré 283). La primera noticia sobre la huelga de telefonistas en Lima fue dada a conocer el 26 de agosto. Ese día, El Comercio informó que las trabajadoras habían entregado un pliego de reclamos a la gerencia. Además, se publicaron declaraciones y una carta del gerente Fernando Carbajal, quien señaló que la huelga había sido organizada al conocerse que un grupo de telefonistas serían separadas de su cargo debido a la apertura de una planta automá tica de teléfonos (“La huelga de telefonistas” 1). Sin embargo, conforme pasaron los días, la opinión pública conocería que el despido de estas trabajadoras fue el último episodio de una serie de maltratos que la compañía llevaba a cabo de manera sistemática contra las operarias. Algo que sobresale en esta primera noticia fue que, en la misma página y al lado del artículo, se dispuso un aviso de la Compañía Peruana de Teléfonos, en el que se convocaba a que antiguas operadoras y practicantes se presentasen a la empresa. De esta manera, la compañía dejó notar sus pocas intenciones de negociar, pues lo que pretendía era ignorar el reclamo y continuar con el servicio, valiéndose del trabajo de otras operarias. Ese paralelo visual no deja lugar a dudas sobre la desigualdad de fuerzas que iban a medirse esos días de huelga. Así, mientras un breve y nada atrayente artículo

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