Margarita Zegarra Flórez 403 extraía el doble de lana. Si el indio la escondía, protestaba o maldecía, era torturado; si pedía devolver el dinero, se le exigía 120 pesos, aunque sólo se le hubiese adelantado 10. Matto relata que el repartidor hace secuestrar a la hijita de un indio, amenazándolo con venderla para ser llevada a Arequipa, si no le pagaba (ASN, p. 31). Los vecinos notables abusaban con el reparto: “Sí, pues, ¿qué tiene eso? Es costumbre, y también se protege a los indios comprando aquí mismo” (ASN, p. 96). La representación que hizo Matto de las autoridades políticas -gobernador, subprefecto- es la de explotadores, corruptos, ignorantes y mujeriegos. El gobernador lucraba con el reparto de mercaderías al que consideraba “comercio lícito y costumbre”, y era capaz de matar a quien iba en contra (ASN, p. 27). El subprefecto era, además, un violador, y aunque se quedó poco tiempo en el cargo, le alcanzó para lucrar a costa del erario y los indígenas: “estaban bien mermadas las rentas de Predios rú sticos y urbanos, y en manos de los indígenas una respetable cantidad de recibos de una contribución personal y forzosa, creada ad hoc por su señoría, titulada Derechos de Instrucción Popular” (ASN, p. 139). La autora distinguió dos tipos de personajes eclesiásticos: los abusivos e inmorales curas en la sierra, y los buenos sacerdotes de Lima, zona de civilización. Lucía Marín expresó sobre los segundos, que “en sus convicciones religiosas estaba la sublimidad del sacerdocio que en la tierra desempeña el tutelaje del hombre” (ASN, p. 18); que había visto en Lima a seres superiores que en silencio buscaban a los pobres y huérfanos para socorrerlos y consolarlos (ASN, p. 20). Matto colocó al centro de la trama, la representación de los curas católicos en los pueblos de la sierra: no cumplían con su misión sacerdotal, rompían su voto de castidad, obligaban a mujeres indígenas a tener relaciones sexuales con ellos, explotaban a los indios (ASN, p. 11, 14-15, 18, 20, 27, 33, 37, 66, 69, 70). Realizaban cobros leoninos a los indios por sus servicios parroquiales, con moras si se atrasaban, obligando a las mujeres a la “mita de parroquia” que incluía su disponibilidad sexual. Una indígena narra que al morir su suegra, el tata cura nos embargó nuestra cosecha de papas por el entierro y los rezos. Ahora tengo que entrar de mita a la casa parroquial, dejan//do mi choza y mis hijas (…) ¡quien sabe también la suerte que a mí me espera, porque las mujeres que entran de mita salen… mirando el suelo!! (ASN, pp. 14-15). El cura fue personificado como un ser desaseado, ignorante, lascivo, ambicioso e inmoral. Cuando un personaje ético y culto -Fernando Marín- critica su exagerada cobranza a los indios por los entierros, y los ayuda a pagar sus deudas, el cura invita al gobernador y vecinos notables a asesinarlo (ASN, p. 27). Pese a ello, Matto señaló que tales curas mantenían enorme ascendiente sobre los “dóciles indígenas”, que los reverenciaban pese a que en privado podían criticarlos (ASN, p. 43). Esta situación iba en contra de la idea de nación inclusiva de Matto, manifestada por boca de Manuel, quien le dice al cura que “no es la sotana la que hace respetar al hombre, sino el hombre quien dignifica ese há bito”, pues “sin la rectitud de acción, no hay ciudadano, ni habrá patria, ni familia…” (ASN, p. 69). El cura mujeriego y explotador responde con desprecio
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx