Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Mateana Murguía: Una escritora escribe sobre otras 368 la esposa abnegada y cariñosa para quien las atenciones del hogar son su principal y más grato deber”.33 No es inusual la retórica de la humildad entre escritoras de la época. Tomemos en cuenta que, desde la perspectiva como se entendían los roles de género, el hecho de hacer públicas sus composiciones las colocaba en una circunstancia arriesgada y comprometía su buen nombre. En efecto, alejarse del modelo de las marisabidillas (pedantes, sabiondas) era medular para que el modelo de feminidad vigente no fuera trastocado, pues de ellas no se esperaba desarrollo intelectual, ni intereses ajenos al hogar. Así, si los deberes domésticos constituían la obligación principal de las mujeres, cualquier otra actividad debía situarse en un puesto secundario; la crítica literaria, entre otros vehículos del canon cultural, contribuyó abiertamente en la delimitación de esas labores, enfatizando la producción poética de ellas sobre la ensayística y los temas filiales sobre los políticos, aunque esas escritoras abordaron todos los géneros literarios y muchos temas.34 Cuando las mexicanas se atrevían a desbordar ese dictum, solían recurrir a un discurso donde sí lo acataban; hasta dónde lo elaboraban con convicción y hasta dónde era un recurso destinado a minimizar su acto de rebeldía es un tema digno de atención y análisis; por ahora, baste afirmar que resultó de utilidad para ingresar en un campo literario donde reputados intelectuales, como Ignacio Manuel Altamirano, enfatizaron en calidad de deseable el pudor de sus colegas de pluma en términos como estos: “la modestia de la poetisa rayaba en humildad, lo cual es una virtud más que resplandece en la guirnalda que ciñe su inspirada frente”.35 Por otra parte, La Mujer Mexicana. Revista mensual consagrada a la evolución y el perfeccionamiento de la mujer mexicana. Dirigida, redactada y sostenida sólo por Señoras y Señoritas, comenzó a circular en enero de 1904. En su segunda entrega, correspondiente al mes de febrero, la primera plana ostentó una fotografía de Laura Méndez acompañada por el texto de Murguía. Entre las colaboradoras de esa revista mensual por lo menos tres habían participado en Violetas del Anáhuac: Mateana, Dolores Correa y la doctora Matilde Montoya. Ahora las acompañaban, entre otras, Trinidad Orcillés, Laura Méndez [Lefort] de Cuenca (1853-1928), Dolores Jiménez y Muro (18501925), Antonia L[eonila]. Ursúa López (1883-1954), Severa Aróstegui [Garza] (ca. 18531920), María Enriqueta [Camarillo y Roa de Pereyra] (1872-1968), Emmy Ibáñez Navarro (1887-1950), Julia Nava [Ortega] de Ruisánchez (1883-1964), Laura María Soto de Bolaños, María Stein [Murguía] de Piña (hija de Mateana) y la licenciada María [Asunción] Sandoval [Oláis] de Zarco (1868-1943), primera abogada mexicana. Varias eran profesoras y escritoras, otras eran profesionales de la medicina o el derecho: la crema y nata de la intelectualidad femenina de la época, compuesta por dos generaciones de 33 Murguía de Aveleyra. “Laureana Wright de Kleinhans”, en Violetas del Anáhuac, p. 316. 34 Vid. Leticia Romero Chumacero, “Género y cuerpo de mujer en la crítica literaria mexicana del siglo XIX”, en Nuevas miradas sobre el género desde los estudios culturales. Cuerpos, transformaciones y deseos. Morelia: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2017, passim. 35 Ignacio Manuel Altamirano, “Crónica de la semana”, en El Renacimiento, t. II (septiembre de 1869), pp. 19-20.

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