Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Con letra cursiva y femenina. Un estudio de dos escritos sobre la fundación del primer convento femenino de carmelitas descalzas en la ciudad de México 166 donaciones de tierra y de obras pías, sin olvidar todos los abastecimientos, cuidados y sirvientes que eran necesarios para financiar el viaje transatlántico y sobrevivir a los riesgos que conllevaba, incluyendo enfermedades, naufragios, ataques de piratas y corsarios, etcétera. Todo ello debía estar asegurado antes para que las religiosas pudieran salir de la clausura de su convento en España hacia una misión que, para la mayoría, desde un inicio ya representaba un honor, un deber religioso y hasta una forma de convertirse en mártires. La fundación de conventos en los territorios hispánicos de ultramar podía llegar a demorar diez, quince a veinte años, o incluso que las gestiones nunca lograran concluirse y que la empresa quedara solo plasmada en una pila de correspondencia. En ocasiones, las monjas que estaban al frente de las iniciativas para fundar un convento fallecían antes de que esto fuera una realidad, ya fuera en el viaje a América, a Filipinas o en alguna de las regiones al interior del continente debido a las enormes dificultades que de por sí implicaban los trayectos, así como también debido a que la mayoría de las religiosas viajeras comían muy poco y llegaban en condiciones muy débiles, enfermas y desnutridas. Por todo lo anterior, la fundación de conventos femeninos constituían empresas religiosas de gran importancia, en las cuales no sólo participaban las monjas, sino que ellas representaban un grupo alrededor del cual giraban otros frailes locales, las diversas autoridades eclesiásticas y civiles del lugar destinado para albergar el convento. Asimismo, se contarían los donantes, patrocinadores, mujeres viudas, notarios, las familias de las monjas, quienes en muchos casos también aportarían una parte importante de la financiación del nuevo convento. Incluso sería importante mencionar a los capitanes y la tripulación de los navíos en los que las monjas realizaban esos viajes que podían durar de tres a seis meses, en el mejor de los casos, así como a los otros frailes, soldados, conquistadores, nobles, dignatarios, acompañantes, sirvientes y esclavos con quienes compartían las travesías. Las nuevas fundaciones dieron lugar a que las religiosas tuvieran el interés de documentar la historia de sus comunidades desde su salida de las tierras europeas, lo cual también era una tarea que frecuentemente les era encomendada por su confesor, por alguna autoridad eclesiástica o por otra religiosa superior de su orden. A estos escritos se les conoce como crónicas de conventos o relatos de fundaciones, sin embargo, no pueden clasificarse de una manera estandarizada debido a que, además de hablar de la fundación, podían incluir otro tipo de propósito discursivo como la descripción de alguna celebración, la conmemoración de la vida de una religiosa destacada, elogios a un donante o incluso algún tipo de discurso político. Estos textos servían como recordatorio, tanto para las monjas jóvenes como las de más edad, de los increíbles obstáculos que las mujeres habían enfrentado en las rutas de comercio y los caminos oceánicos del imperio. Sin embargo, Owens refiere que no resulta fácil definir la autoría de las crónicas en la mayoría de los casos, ya que comúnmente las

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