Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Mónica Marisol Zavala Cabello 163 un papel importante para completar su preparación y así evitar que pudieran caer en heterodoxias. Fue así como la lectura y la escritura fueron fundamentales al convertirse en las principales herramientas de la defensa de la reforma espiritual que inspiró profundamente a las carmelitas descalzas, quienes destacaron durante los siglos XVI y XVII como prolíficas escritoras de obras de carácter espiritual, místicas, biografías, autobiografías, relaciones de fundaciones, etcétera. La escritura cotidiana se volvió parte del camino espiritual a través del cual las monjas buscaban emular la obra y el legado de una mujer con una notable producción literaria quien incluso había llegado al camino hacia la santidad. La beatificación y la canonización de Teresa generaron una notable cantidad de escritos, y no solo por parte de la autoridad, sino también de autores tan insignes como Lope de Vega, Cervantes o Calderón de la Barca, y de otros anónimos, entre los que se contaron carmelitas de diversos conventos que quisieron dejar memoria de las fiestas tanto de 1614 como de 1622.16 Un aspecto relevante sobre los escritos de monjas es que en la mayoría de los casos hacen referencia a la figura de su confesor como la persona que les habría encomendado la tarea de tomar la pluma y dejar plasmada su historia de vida, la de sus comunidades religiosas, de algún acontecimiento, celebración o incluso de un milagro. La propia Teresa de Jesús relata esto en los escritos destinados a su confesor y reunidos en el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús. Como se verá más adelante, los escritos de Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación de igual manera respondieron al encargo de un superior de la orden. Los confesores controlaban y supervisaban la escritura para evitar la posibilidad de que las obras pudieran ser objeto de acusación por herejía. Asimismo, recogían los manuscritos para ser publicados, aunque en ocasiones los publicaban bajo su autoría, o bien, los incorporaban a obras escritas por otros miembros de la orden. Es decir, que la escritura femenina en principio era posible por instrucción o bajo el mandato de la figura masculina que ostenta la autoridad religiosa sobre las monjas que escriben, pero, a pesar de que se trataba de un proceso creativo controlado por el confesor, para las monjas representaba tanto un deber de obediencia como una manera de ser partícipe de la cultura letrada con ideas, relatos y un estilo propios. Algunas escribieron no sólo por obedecer el mandato del confesor, sino también lo hicieron porque les agradaba, incluso defendieron el acto de escribir como un derecho a expresarse y dejarse oír. Otras religiosas ampliaron los temas que comúnmente trataban, los detallaron y descubrieron que podían tener posesión de 16 Esther Borrego. Teresa de Jesús, p. 12.

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