Con letra cursiva y femenina. Un estudio de dos escritos sobre la fundación del primer convento femenino de carmelitas descalzas en la ciudad de México 158 autoras de obras escritas de características y temáticas muy diversas. Teresa de Cartagena, Catalina de Cristo, Ana de San Bartolomé, sor María Magdalena de la Cruz, sor Juana de San Antonio y sor Concepción de la Cruz son algunas de las mujeres religiosas que vivieron entre los siglos XV al XVII y que podemos comenzar a visibilizar por sus escritos. Los títulos y temas de obras escritas por mujeres religiosas van desde relatos sobre la fundación de conventos, relaciones de vidas de monjas venerables de distintas órdenes, oraciones, sermones, ejercicios espirituales, crónicas provinciales, relaciones de viajes, elogios, tratados espirituales, meditaciones, descripciones de visiones místicas, relación de milagros, poesía, traducciones del latín, biografías, autobiografías, hasta materias más eruditas como las matemáticas, la filosofía y la astrología.5 También escribieron una abundante correspondencia que mantenían, tanto con otras mujeres religiosas, como con figuras masculinas pertenecientes a la misma orden religiosa como sacerdotes, confesores e incluso con autoridades eclesiásticas como obispos y arzobispos. Sin embargo, la escasez de nombres de mujeres que aparecen en los libros de historia de la escritura femenina y la creencia que supone que en en la sociedad occidental, desde la antigüedad y hasta épocas muy recientes, las mujeres no se dedicaban a actividades intelectuales, más bien, puede ser el resultado de lo que Plebani denomina “potentes mecanismos de eliminación y cancelación.”6 Desde el periodo medieval, la vida monacal fue un espacio que permitió a las mujeres tomar los libros y la pluma, pero principalmente a partir del siglo XV comenzaron a darse más casos de monjas que escribieron. Los por qué, para qué, para quién y cómo escriben están estrechamente vinculados con las lecturas que en cada momento estaban a su disposición, así como por la manera en la que los libros y las prácticas de lectura formaban parte de su cotidianidad religiosa junto con otras actividades de carácter intelectual o creativo. Resulta interesante pensar que las religiosas tendrían acceso a una variedad de obras escritas por otras mujeres, las cuales serían fundamentales para la construcción de una subjetividad femenina, la transmisión de modelos de religiosidad, así como también para sembrar en las lectoras la idea de la escritura como una posibilidad de hacer escuchar su voz más allá de los muros conventuales. La vida conventual podía parecer a menudo a las mujeres mucho más atractiva que el matrimonio, tanto por el hecho de no tener que someterse a la autoridad absoluta de un marido, como por la relativa seguridad de gozar de cierta longevidad al librarse del peligro de los partos frecuentes, y las cargas de una maternidad que superaba casi siempre la decena de hijos y ocupa la mayor parte de la vida. Por otra parte, las monjas podían poner en práctica sus habilidades y aficiones como leer, escribir, 5 Maria-Helena Sanchez Ortega. Escritoras religiosas españolas, trance y literatura (siglos XV-XIX). Estados Unidos, 2011, p. 37. 6 Tiziana Plebani. El canon ignorado, p. 23.
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