Sor María Ignacia del Niño Jesús y el Padre Manuel Sancho de Valls: Un epistolario íntimo 149 Jesucristo se aviene a juntar los corazones de ambos y establecer la paz entre ellos. Asi, el Señor “puso el de V.P. en mi pecho, y el mío en el de V.P, dá ndome justamente su santa bendición.”30 El dialogo entre Jesús y María Ignacia es, obviamente, una estrategia de ésta para solucionar una desavenencia y enviar un mensaje de reconciliación. Sin embargo, la religiosa no abandona su papel de intermediaria entre la divinidad y el Padre, y el poder que le confiere. En una de sus últimas cartas, fechada a agosto 9 1802, María Ignacia reitera cuan poderosa y beneficiosa es su intercesión personal a favor de Valls, poniendo en boca de Jesús el siguiente mensaje: “Dile a mi hijo, y tu Padrecito, que el beneficio que le he hecho de unir su corazón con el tuyo, y tu alma con la suya, es uno de los muy admirables de mi santo amor grande para con él.”31 Jesús reitera a Valls que su ministerio le complace, pero también que María Ignacia tiene eficacia para interceder a su favor: “Y mirá ndome el Señor con mucho amor, abrazó a V.P. y lo puso dentro de mi alma. Pedí a su Majestad santísima por V.P. y por los cuidados que tiene y me dijo: “Alma mía, mi esposa y mi regalo, no tengas cuidado ni lo tenga tu padrecito. Lo primero porque deja en mí los precisos cuidados de su ministerio, y lo segundo que tienes eficacia por pedirme por él. Tened confianza, que no quedará frustrada. Le rogué con especialidad por quienes V.P. me ha encomendado…”32 Si bien la espiritualidad de la madre María Ignacia no se puede comprender sin la presencia constante del padre Valls, su mundo interior, que no se estudia aquí, tiene otros muchos aspectos de interés para nosotros como expresión personal de una cultura religiosa conventual y femenina compartida por otras religiosas de su orden y por el mundo secular de finales del siglo XVIII. María Ignacia experimentó aspectos tradicionales de esa espiritualidad, como el énfasis en recogimiento y oración mental y vocal, arrobos, visiones, y el deseo intenso agradar a Dios y de salvar su alma a través de sufrimientos en imitación a los que experimentó Jesucristo. La virtud de la correspondencia, como género literario e histórico, es la de ofrecernos una visión espontánea de la personalidad de quien escribe, sus ideas, emociones y, en general su entendimiento del significado de su vida. María Ignacia no fue la única religiosa que se dedicó a auscultar su alma a través de cartas. En su análisis otra extensa colección de cartas, las de Sor María Coleta de San José, capuchina del convento del Sagrado Corazón de Jesús de Oaxaca, Alejandro Hernández apoya el estudio de esos textos como ejemplos de la autenticidad de la expresión del “yo.”33 La correspondencia de María Ignacia del Niño Jesús revela las amplias posibilidades creativas que albergaron y desplegaron algunas religiosas novohispanas y, extensivamente, otras en el resto de Hispanoamérica. Su imaginario estuvo poblado de seres que epitomizaban tanto virtudes 30 Expediente 5, Carta enero 23, 1802, fol. 1, fols. 1v-2. 31 Expediente 14, carta 70, agosto 9, 1802, fol. 6v. 32 Expediente 8, Carta 36, enero 31, 1802. 33 Alejandro Herná ndez García, “Propuesta de lectura del epistolario de Sor María Coleta de San José, Oaxaca, Siglo XVII”. Tesis de Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, Universidad Nacional Autónoma de Mexico, Mexico, 2012, p. 46.
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