Asunción Lavrin 144 como se vio en una cena en la cual ambos reciben el alimento divino y Cristo desposa sus almas: “Recibiendo a V.P. en sus brazos divinos, de mano de Nuestra Sra. y tomá ndome también a mí en sus brazos, llamó a la Santa Familia para que fueran nuestros padrinos y dándoles su divina mano, cada una de las divinas personas, se desposó el Señor con nuestra alma, diciendo: desposate te mihi sempiternum. “La Santísima familia nos echó por el cuello un rosario como el mío, y quedamos pendientes del cuello del Señor… dá ndonos su Majestad un ósculo dulcísimo y estrecho abrazo…” Aquí María Ignacia dice haber quedado “perdida”, un síntoma de estar en un arrobo, hasta que el Señor poco a poco la hizo recobrar sus sentidos.19 El desposorio espiritual había sido precedido por una ceremonia de purificación el 22 de enero. En esa ocasión, María Ignacia describe como se le aparecieron varios ángeles que traían braseros y tenazas y amarraron los cuerpos del padre y la religiosa con un cordón haciendo siete nudos simbólicos: tres nudos en honor de la Trinidad, y cuatro en honor de la virgen María y los miembros de su sagrada familia. Una vez bien atados el uno al otro, los ángeles soplaron un fuego que consumió las almas de ambos siete veces. Después de la séptima purificación un ángel parte las almas a la mitad, y uniendo ambos corazones y almas, las puso en los brazos de San Juan Capistrano y San Bernardino diciendo: “esta es el alma con dos corazones y este [es] corazón con dos almas.” Ambos son presentados ante la Santísima Trinidad, después de ser abrazados por todos los santos franciscanos. En ese momento crucial, María Ignacia, ejecuta los deseos de Cristo: “Me mandó el Señor tomara yo de su divino pecho, el fuego, que era necesario para V.P. y tomando cuanto puede caber en las manos de cada una de las divinas personas, hice lo que el Señor me mandó, purificando su alma y corazón con espacio y mucho gusto mío y tomando este mismo fuego Nuestra Sagrada Familia, nos purificaron a los dos…”.20 La recepción de las dos almas se repite en otra visión experimentada más tarde en la misma noche cuando ya purificadas las almas se presentan ante el niño Jesús quien les ordena hincarse de rodillas y adorarle, siempre juntos y ceñidos por el cordón franciscano. Un á ngel del Señor le dice que ella “ha de ser el serafín que purifique a su Padrecito.” “Toma estas tenazas y llena su corazón del amor que arde en el tuyo.” Considerándose indigna, la religiosa pide a Jesús que le preste algo del fuego de su pecho, y finalmente el Señor puso un tanto del “divino fuego en el alma, con lo que ardíamos sin cesar, y dimos gracias al Señor porque así nos beneficia.” Al final de la visión, Jesucristo sacó el corazón del padre y lo puso en sus propias manos, junto al de la madre “quedando en los dos Jesú s, Jesú s Amor, O Dios Trino y Uno, O Beata Trinidad, escrito todo con letras de oro muy refulgente.” Jesucristo la nombra serafín purificador de su trono, y le da a entender que también el Señor abraza a su querubín, el padrecito, ambos juntos y compartiendo sus corazones. 19 Exp. 7, Carta de enero 24, 1802, fol. 5v. 20 Exp. 5, Carta de enero 1, 1802, fols 1 a 5v.
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