Sor María Ignacia del Niño Jesús y el Padre Manuel Sancho de Valls: Un epistolario íntimo 143 le hago de librarlo de esa Babilonia y Gomorra…”12 Su papel de consejera se repite a mediados de febrero de 1802 cuando la religiosa le ofrece a Valls una guía muy especial y detallada de cómo resolver el caso de una novicia a quien un pretendiente desea sacar del convento bajo argumento de haberle dado palabra de casamiento. No es posible determinar si se trataba de la misma persona mencionada en la carta de enero, pero hay suficiente posibilidad histórica ya que, en el mejor de los casos, usualmente solo había varias profesiones al año. María Ignacia envuelve su consejo muy hábilmente en su papel de receptora del mandato de Dios: “Todo esto padrecito me dijo el Señor y V.P. hará lo que según le convenga y como halle por conveniente.”13 La sutileza del mensaje es obvia: le da libertad al padre para que tome su decisión, pero al mismo tiempo, le recuerda de quien proviene el consejo. La unión espiritual Cuando el confesor le escribe sobre su mundo interior, facilita a la religiosa un conocimiento persona muy privilegiado, una intimidad poco usual. Aunque no podemos dar cuenta del mundo interior del confesor, es innegable que María Ignacia ha adquirido cierta responsabilidad “confesional” respecto a Valls que la lleva a asumir la existencia de una unión espiritual entre ambos, y que describe vívidamente en algunas de sus visiones. Entre ellas hay una en la cual dice haber visto el alma del padre y la suya muy juntas ya que ambas estaban ceñidas por una cuerda. Su alma estaba con la del padre “vestida por mitad, con há bito, del de V.P. y el mío; esto es, los colores; medio cerquillo y media toca.”14 El padre es su mitad. Esa definitivamente poco usual “visión” posee un sentido de unión física y una fuerza visual inescapable. Figurar una imagen mitad hombre y mitad mujer con sus respectivos ropajes es una metáfora poco usual que nos apercibe de la singularidad imaginativa de esta religiosa. Esa unión se refuerza a través de las visitas del confesor y la recepción de sus misivas: “lo mismo me sucede con las letras y vista de V.P. y así venimos siempre a ser lo que seamos: un corazón y un alma”.15 Asi lo reitera en la carta 18, día de Nochebuena (1801),16 y el día de los santos inocentes, diciembre 28.17 A través de todo el epistolario la idea de la unión con el alma del padrecito es bendecida por Jesucristo, quien se presenta frecuentemente como niño Jesú s, y le asegura que, en todo, ambos son uno “para ver en los dos a los dos y sobre todo tu Padrecito contigo y toda tú con él…” 18 Esta misiva de diciembre de 1801 ya preconizaba la unión espiritual que se llevó a cabo el siguiente mes, el día de la celebración del desposorio de la virgen, enero 24 En carta de esa fecha María Ignacia avanza el concepto de desposorio a través de Cristo. Le cuenta al confesor 12 Expediente 7, carta 34, enero 24, 1802. El Señor llama áspid e ingrata a la persona a quien se refiere la religiosa. Obviamente, esa era la opinión de María Ignacia, quien utiliza la voz del Señor para desahogar su percepción de la otra religiosa. 13 Expediente 14, carta 76, agosto 9, 1802. 14 Expediente 3, Carta 13, sin fecha. 15 Expediente 2, Carta 11, sin fecha. 16 Expediente 4, Carta 18, diciembre 24, fol. 3v 17 Expediente 5, Carta 21, diciembre 28, fol. 1v. 18 Expediente 5, Carta 21, diciembre 28, fol. 1v.
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